domingo, 2 de octubre de 2016

NOMBRES ILUSTRES

Armando Palacio Valdés
En la Iglesia Parroquial de San Juan Bautista de Entralgo a seis días del mes de octubre del año 1853, yo, el infrascrito Cura de ella bauticé solemnemente según previene el ritual romano, a un niño que nació el día 4 del mismo a las 4 y media de la tarde, llamose Armando Francisco Bonifacio, es hijo legítimo de legítimo matrimonio del Licenciado Don Silverio Palacio Cárcaba, y de Doña Eduarda Rodríguez Valdés Alas, naturales, aquél de la Parroquia de San Juan del Real de Oviedo, ésta de Entralgo, de donde son vecinos. Abuelos paternos Don Francisco y Doña Vicenta Fernández de Cárcaba, naturales, aquél de Villaviciosa, ésta de Oviedo, donde ella fue y éste es vecino. Maternos Don Francisco y Doña María Dolores Alas Carreño Valdés, difuntos, naturales aquél de Ciaño de Langreo y ésta de la villa de Avilés. Fueron padrinos, Don Bonifacio y Doña Bruna Alas Carreño Valdés, naturales de Avilés, tíos del bautizado y por hallarse ausentes hicieron sus veces Don José Marina, Párroco de Pola de Laviana, y Doña María del Rosario Palacio natural de Oviedo, tía del bautizado y a quienes advertí del parentesco y obligaciones, que no contrajo la madrina. Y para que conste fecha ut supra. –José García Montero.
Del más afamado lavianés, el escritor Armando Palacio Valdés, poco se puede añadir a lo que ya se sabe. Para consulta de su vida y su obra no hay más que abrir los ojos y ahí está. Tras el nacimiento de Armando, su madre enfermó. El médico que la trató le recomendó pasar los crudos inviernos de Laviana en otro lugar con clima más benigno, aunque Silverio finalmente optó por Avilés, de donde nació la relación del escritor con esta villa antaño marinera, luego industrial y ahora turística. El caso es que vivieron en Avilés durante seis años antes de abandonar la villa de forma definitiva, antes de establecerse en la capital del reino, Madrid. Una vez alcanzada la fama, recibió honores de las sociedades y círculos más variados, como el de Oficial de la Legión de Honor, o como el de miembro de la Societé de Gens de Lettres, o como el de The Spanic Society of America, o como el de The Royal Society of Literature, entre otros.
Bien, oficialmente Armando Palacio Valdés nació el cuatro de octubre de 1853 en Entralgo y moriría el 29 de enero de 1938 en Madrid. En 1865 se fue a vivir con su abuelo a Oviedo para estudiar el Bachillerato en el mismo edificio de la Universidad. A los cinco años terminó los estudios y se fue hasta Madrid para realizar la carrera de Leyes, la cual dio por terminada en 1874. Allí comenzó a publicar en diarios y revistas. También se casaría, con Luisa Maximina Prendes, que fallecía en 1885 tras año y medio de vida conyugal. Armando volvería a contraer segundas nupcias con Manuela Vega y Gil en 1899.
Su carrera como novelista se inició con la publicación de El señorito Octavio, siendo la última Sinfonía Pastoral, en 1931, aunque nueve años después de ésta se publicó póstumamente la que debería ser la segunda parte de La novela de un novelista y que en esta ocasión llevaba por título Álbum de un viejo. Entre sus afamadas obras se pueden destacar dos relacionadas con su lugar natal: La aldea perdida y Sinfonía Pastoral.
En homenaje a este ilustre entralguino, a mediados del siglo XX se le erigió un busto en la plaza del Ayuntamiento, renombrando ésta con su nombre; si bien la plaza continúa llamándose igual, el busto acabó siendo trasladado varias décadas después a Entralgo, junto a la casa natal del escritor, convertida en museo.

Eladio García Jove
POLA. Heladio Bernardo, hijo de Dn. Gaspar García Jove.
                El día diez y ocho del mes de febrero, año de mil ochocientos cuarenta y nueve, yo el infrascrito Don José Álvarez Marina, párroco de Sta. María del Otero, Villa de la Pola, Capital del concejo de Laviana, bauticé solemnemente a un niño, nacido hora de las seis de la tarde anterior; y se llamó Heladio Bernardo, hijo legítimo y de legítimo matrimonio de mis feligreses Don Gaspar García Jove y Dña Leonor Alonso, naturales aquel de la parroquia de San Martín del Rey Aurelio, y ella de Lorío; son sus abuelos paternos Don José, ya finado, y Doña María Hevia, ésta natural de Blimea, y aquél de la citada de San Martín del Rey Aurelio, y maternos Don Bernardo y Doña Bernarda González, naturales, el primero de la expresada de Lorío, y la segunda de Oviñana en Sobrescobio. Fueron padrinos mis feligreses Don Francisco Martínez y su mujer Doña Bernarda Fernández, que no tocó; advirtiéndoles cuanto previene el Ritual Romano; y para que conste extiendo y autorizo la presente partida, fecha ut supra.- José Álvarez Marina.
                Tras realizar los primeros estudios pertinentes en la misma Pola de Laviana, la enseñanza secundaria la cursó en el seminario de Valdediós, en Villaviciosa. De ahí pasó a estudiar a la universidad de Valladolid, en donde se licenció en 1880 en la carrera de medicina. Luego, se trasladó a Pola de Laviana, donde puso consulta y se casó con Maximina Zapico.
Además de colaborar de forma asidua con la prensa, como el ovetense El carbayón, en 1890 editó el semanario El Porvenir de Laviana, cuya vida alcanzó solamente dos años, y un lustro después la revista Laviana, también de efímera existencia; aun más efímera fue la vida de la revista juvenil Ahí va eso. En 1891 se publicó en Oviedo el folleto Errores populares, basado en su experiencia como médico y describiendo aquellas supersticiones, dichos y conductas tan populares como equivocadas; verbigracia, la muerte de una adolescente en Pola de Laviana, al poco de llegar de Valladolid, que murió atendida por una curandera que achacaba el mal a la “paletilla en bajo”. Por todo ello se le consideró el cronista de Laviana y de Langreo.
Seis años después se le nombró médico forense del partido judicial de Laviana y poco después de la Beneficencia municipal. Años más tarde, a finales de siglo, se trasladó a San Martín del Rey Aurelio como médico del concejo, además de algunas empresas mineras, por cuya labor global el 14 de julio de 1923 recibió la Cruz de la Beneficencia de primera clase, costeada por los propios munícipes, “en atención a que el interesado se ha excedido siempre en el cumplimiento del deber, ejerciendo el cargo de Médico como un apostolado y dedicando su vida al servicio de los enfermos, de los pobres y desvalidos con altruismo y caridad inagotables”. Además y en agradecimiento por su labor en el concejo de San Martín del Rey Aurelio, el día 24 de ese mismo mes el cabildo aprobó por unanimidad dedicarle una calle en El Entrego. En Pola de Laviana se le dedicó la calle que enlaza la plaza del Ayuntamiento con la calle Mariano Menéndez Valdés.
Murió en San Andrés de Linares, en el concejo de San Martín del Rey Aurelio, el 21 de febrero de 1925.

Emilio Martínez
                Existen en Pola de Laviana tres calles que, vistas desde un punto de vista ajeno al local, son una misma calle; se trata de la conocida popularmente como “la Calle Tras” (la calle de atrás). Hasta la segunda mitad del siglo XIX fue la principal calle de la villa y el único nexo de unión con el resto de la cuenca naloniana. En sus orígenes la calzada que salía desde la Pola en dirección sur era denominada “camino del Condado”, que entonces no formaba parte del casco urbano, corresponde en la actualidad a la calle “Fray Norberto del Prado”. Si, en cambio, hubiéramos optado por tomar la calzada que salía en dirección norte, nos habríamos topado con la “carretera de Sama”, cuyo tramo viene a coincidir más o menos con la actual calle Emilio Martínez. La tercera calle en cuestión era la Calle de Arriba, lo que es ahora la calle Padre Valdés, cuyos límites eran el puente sobre el río San Julián al sur y la fuente Los Corrales al norte. Pues bien, ésta será la semblanza del dedicatorio de la segunda de las calles mencionadas
Este gran devoto de la virgen del Otero que lleva por nombre Emilio Martínez, nació en la Pola el 6 de octubre de 1876 ó 1878, pues parece haber discrepancias en el año de su natalicio; sí es seguro que ingresó en los agustinos de Valladolid con 15 años, pero que abandonó los estudios eclesiásticos para regresar a su villa natal y entrar a trabajar en la mina del Meruxal (1898). Marchó a la Habana un año después de comenzar en la mina, y allí se inició como escritor lírico: en 1908 su composición "el Poeta" fue premiada allí en los Juegos Florales organizados por el ateneo, cuando en 1904 su obra "La Inmaculada" ya había sido  premiada en Buenos Aires y en Zaragoza. La literatura, no obstante, no le reportaba el suficiente beneficio para vivir, así que se dedicó a diversos trabajos con poca fortuna. Se casó con Josefina López Arzoa, con quien regresó a España en 1930 para instalarse en La Coruña. Tras enviudar en 1948 retornó a Laviana totalmente arruinado, así que hubo de compartir casa con su cuñada Juanita y, a la muerte de ésta, con Conrada Fernández, que era hija de un sobrino suyo, Aquilino. El 24 de abril de 1951 se le concede, como hecho único en este concejo, el cargo "remunerado" de Cronista Oficial de Laviana a petición de un buen número de munícipes para aliviar un tanto su precaria situación; dicho cargo lo mantuvo en su poder hasta el día de su fallecimiento, el 11 de diciembre de 1959.

Ceferino González Díaz
                En veintiocho de enero de mil ochocientos treinta y uno, Yo, Dn Bernardo Moro, Presbítero, Escusador de esta parroquia de San Nicolás de Villoria, por Dn Juan Carbajal Hevia, Abad Cura Propio de ella, bauticé solemnemente un niño que dijeron haver nacido el mismo día y se llamó Ceferino, hijo legítimo de Dn Manuel González y Dña Teresa Díaz Tuñón, moradores de esta Villa y oriundos de la parroquia de San Martín de Soto en el concejo de Aller. Abuelos paternos Franco González y Javiera González, esta oriunda de San Salvador de Cabañaquinta, hijuela de la parroquia de Vega en el concejo de Aller y este de la citada parroquia de Soto. Abuelos maternos Vicente Díaz Tuñón y María Blanco, esta oriunda de la parroquia de Vega y aquel de la de San Vicente de Serrapio en el mismo concejo de Aller. Fueron padrinos Dn José Carbajal Hevia y Joaquina Suárez esta no tocó, advertí al padrino de la obligación y parentesco espiritual y por verdad lo firmo fecha, día y mes y año ut supra. Bernardo Moro.
                En fin, en Pola de Laviana las plazas rememoran a sus hijos más ilustres: Armando Palacio Valdés y Maximiliano Arboleya son dos ejemplos; un tercero sería Fray Ceferino González y Díaz Tuñón. Nació Ceferino, como vemos en su partida de bautismo, el 28 de enero de 1821 en la localidad El Campal de Villoria, hijo de labradores, al igual que sus dos hermanos Saturnino y Anastasio (quienes llegarán a ser sacerdotes). Estudia en Ciaño, a donde acude diariamente desde su Villoria natal; ingresa en el convento de Ocaña y se especializa en Filosofía, cuyos estudios termina en la Universidad de Manila, a donde la congregación le envió en 1849 como misionero y en donde fue nombrado sacerdote apenas puso pie en la ciudad. Con treinta años es nombrado profesor de Humanidades en la misma universidad filipina y dos años más tarde le otorgan el profesorado de Filosofía. En 1859 se traslada a la Universidad de Santo Tomás, donde impartió clases a Norberto del Prado y Ramón Martínez Vigil, para recibir la cátedra de Teología; siete años después regresa a España.
En 1875 accede al obispado cordobés en contra de sus apetencias por orden del papa Pío IX pues “por lo que ha escrito le hago obispo, que lo sea y escriba además”. En 1873 es nombrado arzobispo de Sevilla y un año más tarde obtiene la titularidad de “Santa María supra Minervam” como cardenal. En tan sólo tres años debe trasladarse, promovido por Alfonso XII, a Toledo para hacerse cargo del arzobispado como Primado y Patriarca de Toledo, aunque debido a su salud pronto regresaría a Sevilla. Ya con sesenta y cuatro años es titulado como Patriarca de las Indias, capellán mayor del rey y vicario general castrense, además de ser nombrado “hijo adoptivo de Manila”. Años más tarde, en 1893, se le nombra miembro de la Real Academia Española de la Lengua, cuando ya se le había detectado un cáncer de maxilar, a causa del cual habrá de expirar el 28 de noviembre de 1894 en el convento de la Pasión de Madrid, asistido por el obispo de Oviedo Ramón Martínez Vigil; su cuerpo fue enterrado en la iglesia de los padres dominicos de Ocaña.
                Además de todos los títulos y estudios arriba mencionados, Fray Ceferino era académico de la “Romana de Santo Tomás de Aquino”, de la de “Buenas Letras” de Sevilla y de las Ciencias Morales y Políticas, además de la Historia. Incluso llegó a ser nombrado senador del Reino. A su muerte poseía el collar de la Orden de Carlos III, así como la Gran Cruz de Isabel la Católica.
                Fue Fray Ceferino un hombre delicado de salud por sus constantes problemas respiratorios ya desde la infancia, y sus males tal vez se agravasen durante la obligada estancia en Filipinas. A pesar de todas sus obligaciones para con los cargos que tenía, además de sus escritos, sobre todo artículos, además de todo ello volvía a su tierra natal de cuando en cuando, la última vez en 1890, cuatro años antes de su muerte. De él escribió Pidal y Mon que fue “un fraile joven y seco, de mediana estatura, de ojos vivos, mirada penetrante, morena tez, gesto adusto, frente concentrada y saliente, pelo negro, rostro barbilampiño y bronca y desapacible voz”.
De su pasión por Santo Tomás llegaron algunos de sus mejores escritos, siendo incluso traducidos a varios idiomas e incluso utilizados como libro de texto en Francia, Bélgica, Italia, Alemania, Polonia, Rusia…
                Pues bien, a este ilustre lavianés se le reconoció en parte sus mérirtos poniendo su nombre a la plaza más importante de Pola de Laviana (salvo la del Ayuntamiento, obviamente); esto es, a la Plaza Nueva, llamada a principios de siglo Plaza del Mercado (pues era allí donde se localizaba el mayor número de tenderetes en los mercados del jueves). Poco después se le cambió el nombre por el de Fray Ceferino, pero con la llegada de la II Repúblico el cabildo consideró oportuno renombrarla en favor de Pablo Iglesias, cual aparece en fecha de 1936. Fue tras la guerra que la susodicha plaza recuperó el nombre de Plaza de Fray Ceferino, cuyo título aún luce en la actualidad.
                En palabras del propio Ceferino, considerado uno de los más grandes filósofos españoles, si no el más, durante el siglo XIX: “La victoria de España no puede venir sino después de la anarquía”.

Norberto del Prado y Fernández
En la iglesia parroquial de San Martín de Lorío a 8 de junio de 1852, yo don Luis Barreiro, cura párroco de la misma, bauticé solemnemente a un niño que nació en la tarde del día 4, y se llamó Norberto. Es hijo de legítimo matrimonio de Francisco del Prado y Umbelina Fernández, vecinos de Lorío. Abuelos paternos: José del Prado, natural del Condado Rosenda Concheso, natural de Samielles, Lorío. Abuelos maternos: Francisco Fernández Mayadón, natural de Soto de Lorío, y Francisca Fernández Entrego, natural del Condado, todos en Laviana. Padrinos: Abdón del Prado, hermano del niño y Ramona del Prado, tía carnal.
Los padres de Norberto eran labradores, pero no por ello privaron a su vástago de una educación que inició en el propio pueblo de Lorío, donde parece ser que causó cierta admiración por sus cualidades intelectuales. Llegada una edad apropiada (esto es, a los quince años), fue ingresado en el convento dominico de Ocaña, tal como había hecho otro lavianés insigne no hacía muchos años atrás, Fray Ceferino González, a quien Norberto le uniría, como veremos, unos lazos especiales. El caso es que al año siguiente, 1868, tomó los hábitos en el susodicho convento. De aquí, al igual que su antecedente Fray Ceferino, se vio impelido al convento de Santo Domingo en Manila el 11 de diciembre de 1872, allí fue ordenado subdiácono, diácono y, finalmente, presbítero (1875) el mismo año en que terminó sus estudios. Más tarde lograría doctorarse en Teología y Filosofía, especializándose en Santo Tomás de Aquino como discípulo de Fray Ceferino González, del cual siguió sus mismos pasos dando clases en el convento de Santo Domingo y siendo nombrado catedrático de Filosofía por la Universidad. También al igual que Fray Ceferino, hubo de regresar a España a causa de problemas con la salud, acabando en el convento de Santo Domingo de Cádiz en 1890, donde apenas pudo disfrutar del clima, pues al año siguiente fue trasladado a la joven Universidad de Friburgo, en Suiza, donde ejerció la cátedra de Teología dogmática durante veintisiete años.
Desde este rincón helvético su fama como filósofo tomista se expandió por todo el continente, llegando a polemizar con más de un filósofo que opinaba en contra. La muerte le alcanzó el 14 de julio de 1918 en la propia Friburgo.
Para conmemorar a este hijo ilustre del municipio, el cabildo le concedió su nombre a la que fuera en su tiempo la principal calle de la villa, la Calle de Abajo, en el tramo que va desde su principio llegando desde El Condado hasta la Plaza de la Pontona, pues en el tramo siguiente cambia la calle en dos ocasiones más hasta llegar al final.

Graciano Martínez Suárez
El día veintisiete de marzo de mil ochocientos sesenta y nueve, yo el infrascrito coadjutor ad nulum de Stª María del Otero, villa de Pola de Laviana, en la Diócesis de Oviedo, bauticé solemnemente y según dispuso la Iglesia, un niño, nacido, según dijeron, el mismo día, sobre las cinco de la mañana, a quien se puso por nombre Graciano, hijo legítimo y de legítimo matrimonio de Valentín Martínez y Josefa Suárez, naturales y vecinos desta Villa. Abuelos paternos Manuel y María García Noriega, y maternos, Bernardo y María Pérez, todos de esta Parroquia, menos el abuelo materno que es natural de la inmediata de Lorío. Padrinos: Fernando Alonso y Vicenta Martínez, tía del niño, que no tocó, ambos de esta parroquia. Les advertí lo prevenido por el Ritual Romano. Para que conste, lo firmo, fecha día y año. Wenceslao García del Riego.
NOTA. Falleció en la Residencia de PP. Agustinos, de Madrid, el 2 de febrero de 1925, rodeado de gran popularidad como publicista católico. Manuel Valdés.
Si bien los primeros pasos quien habrá de ser notable filósofo y escritor los dio en la casa conocida como La Portalada (hoy desaparecida), los primeros pasos académicos estuvieron ligados a Pedro García Morán, no sólo maestro suyo y de su hermano Emilio Martínez, pues Graciano coincidió en sus clases con Maximiliano Arboleya y Manuel de Jesús Martínez, entre otros. Graciano mantuvo desde siempre una estrecha relación con a los Padres Agustinos, pues, siendo joven, con diecisiete años, ingresó en el convento vallisoletano de éstos, profesando un año después y siendo ordenado sacerdote ocho años más tarde (1895) en El Escorial.
Cumpliendo con lo que parece ser perceptivo en aquella época, fue enviado como misionero a Filipinas, por donde pasaron tantos ilustres religiosos lavianenses, ejerciendo de sacerdote en la parroquia de Sapao. Desde ahí se hubo de trasladar hasta la Universidad de Wurzburgo, en Alemania, donde pasó un año estudiando las nuevas corrientes filosóficas. Desde aquí fue trasladado a Argentina, donde también pasó un año, para acabar pasando otro año más en Uruguay. Una vez más, fue enviado luego a La Habana, en donde permaneció dos años. Residiendo en Cuba estalla la guerra y, aunque intentó huir, cae prisionero, permaneciendo en la cárcel algo menos de año y medio. Desde aquí es trasladado de nuevo a Filipinas, Manila. Prosiguió vagando de un lugar a otro, incluso pasando brevemente por España, hasta que en 1910 parece finalizar su particular viático al establecerse en España ese año y, cuatro años después, ya reside de forma habitual en Madrid. Para entonces ya había alcanzado cierta notoriedad, a tal punto que la Real Academia Española le encargó un panegírico sobre el recién fallecido Marcelino Menéndez y Pelayo. Sin embargo, su período más fecundo estaría ligado a la revista “España y América”, de la que fue nombrado director en 1914.
Como ya se mencionó arriba, Graciano habría de morir en Madrid en 1925, en la residencia llamada Colmuela, a causa de un ataque al corazón.

Julio Ignacio Castaños Nieves
Julio Ignacio Castaños Nieves nace en San Juan de Puerto Rico el 30 de junio de 1885, cuando aquellas tierras aún eran parte de España. Fue bautizado aquel mismo día en la Iglesia de los Remedios, catedral de Puerto Rico. Era hijo de Francisco Castaños Gonzales (Militar de carrera) y de Tomasa Nieves Torres (De descendencia española, originaria de Bayamon, Puerto Rico), siendo hermanos suyos Acasia, Tomasa y Gonzalo. En 1887 dado el trabajo de su padre se regresa a España, estableciendo su residencia en Gijón hasta 1902. Con 17 años se traslada a Méjico, en concreto a Atlixco Puebla, donde se empieza a relacionar con empresarios textiles asturianos. En 1911 se casa en Puebla de Zaragoza, Méjico, con Aurelia Gavito, hija de un empresario asturiano, adquiriendo ella la nacionalidad española por matrimonio, de cuya unión verán la luz dos hijas: Aurelia Adela y Esmeralda María Luisa (que nacen en Gijón); y dos hijos: Julio Ramón y Francisco Tomás (que nacen en Puebla de Zaragoza).
En 1913 entra en la Logia Masónica de Jovellanos en Gijón, lo que le causará constantes quebraderos de cabeza con el advenimiento del franquismo. Por fin, en 1923 se instala en Gijón de forma definitiva junto con su mujer y sus cuatro hijos, año en el que ya comienza a hacer sus pinitos dentro de la política hasta que en 1931 encabeza la candidatura del Partido Radical Socialista Republicano para la alcaldía de Laviana, elecciones que gana por mayoría. Una de sus más importantes aportaciones a la vida pública polesa fue la apertura de las escuelas estatales, cuyo edificio pasó a ser hospital y cuartel durante la guerra civil, para tornar a su uso originario años más tarde.
Cuando estallaron las revueltas de octubre de 1934 fue acusado de instigar éstas, mas consigue “desaparecer”, siendo prendido en su lugar su hijo mayor, Julio Ramón, acusado de incendiar la iglesia de Rioseco (posteriormente fue declarado inocente). Así las cosas y tras serenarse todo y volver a “aparecer” Julio Ignacio, éste es cesado en su cargo en junio del año siguiente, lo cual aprovecha para enviar a su hijo mayor a Méjico. Mientras Julio Ignacio es llevado a la cárcel de Gijón, es sustituido en la alcaldía por Arturo León Zapico. Julio es encarcelado y, según algunos testimonios, torturado, aunque al año siguiente es puesto en libertad y devuelto a su cargo en el consistorio lavianense. El 18 de julio de 1936 se abre un proceso contra él de la Ley de Resposabilidades Políticas por parte del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y del Comunismo. Al año siguiente debe huir a León durante el movimiento republicano, lugar desde el cual alcanza Portugal. Regresó  con posterioridad a España vía París después de diez meses en el país luso, refugiándose en el Ministerio de Instrucción Pública y Sanidad en Valencia. Entre tanto, junto con su hermana desde Méjico consigue que sus hijas puedan viajar al país centroamericano a través de su embajada y aduciendo su doble nacionalidad, aunque se empleó en ello año y medio.
Tras la guerra civil intenta exiliarse en Méjico sin conseguirlo, siendo sus bienes confiscados y “puestos a remate” en la década de 1940. Establecido en San Sebastián como comerciante, por fin consigue tramitar su pasaporte después de quince años, partiendo hacia Méjico en mayo de 1949 como comerciante. Una vez allí, se acoge a las leyes mejicanas del exilio y adquiere la naturalización en 1951, tres años antes de morir. Aun así, en 1957 se le reabre el proceso de la Ley de Responsabilidades Políticas.

Luciano López y García Jove
El día veintiuno de enero de mil ochocientos ochenta y cinco, el infrascrito Cura de Santa María de Pola de Laviana, Diocesis de Oviedo, bauticé solemnemente a un niño que nació en la misma, a las dos de la mañana del día siete de este mes y se llamó Luciano, hijo legítimo y de legítimo matrimonio de mis feligreses Don Mariano López, de profesión farmacéutico, natural de la ciudad de León y Doña Concepción García Jove, esta de Laviana; abuelos paternos, Don Francisco, natural y vecino de dicha ciudad de León y Doña Tomasa Miguel, difunta, natural de Sahagún, provincia de León; maternos Don Gaspar García Jove, natural de San Martín de Lorío y Doña Leonor Alonso, vecinos de Laviana; padrinos mi feligrés Don Eladio, casado, tío del niño y Doña Inocencia del Valle, casada, de Villa, Langreo, la que no contrajo parentesco; advertí lo que prescribe el Ritual Romano. Para que conste lo firmo. – José María García.
                A pesar de lo que dice la partida de bautismo, es parecer común otorgar a Luciano el día 17 como el de su nacimiento, por el cual motivo tal vez haya errata en la partida. En cuanto al mes, éste se trataba de enero, y el año era el de 1885.
Sus estudios de Bachiller los realizó en el colegio de Valdediós, edificio al lado del “Conventín”, cerca de Villaviciosa. Más tarde fue trasladado al Seminario de Oviedo, en donde se le ordenó sacerdote en el año 1909. Así mismo, ese mismo año comenzó a enseñar en Valdediós como maestro, profesión que también ejercería en el Seminario ovetense cuatro años después. Ya en 1939 se encargó de impartir la materia religiosa en el Instituto Nacional de Enseñanza Media Femenino de Oviedo. Además de todos estos cargos, en su haber se debe mencionar su licenciatura en Derecho por la Universidad de la capital asturiana. Como escritor publicó algunos libros, de entre los cuales destacan un par de ellos dedicados a la historia del reino de Asturias y, principalmente a los acontecimientos ocurridos en la conocida como “batalla de Covadonga”.
Este presbítero, a diferencia de otros más jóvenes, nunca dejó de vestir la sotana, el manteo y la teja (uniforme obligado en su cargo hasta la modificación hecha durante el Concilio Vaticano II), por cuyo motivo fue siempre reconocido cuando paseaba por las calles ovetenses arrastrando sus muchos años de vida. No es de extrañar, pues, que por sus trabajos como escritor y sacerdote el seis de julio de 1989 le fuera concedido el título de Hijo Adoptivo de Oviedo. Los últimos años los pasó en la Casa Sacerdotal de Oviedo, siendo en aquel momento el sacerdote más anciano del mundo, según afirmación de la diócesis carbayona, y uno de los españoles con más años vividos, pues murió centenario el 28 de agosto de 1992 con 107 años. Entre sus méritos está el haber dejado su impronta como capellán en la Institución Teresiana. Como curiosidad, Luciano siempre creyó en la vida más allá de este planeta, por el cual motivo se mantuvo interesado en los temas relacionados con los o.v.n.i.s, así como en la parapsicología.
El funeral fue celebrado en la catedral, iniciándose la misa a las doce del mediodía.
Mariano Menéndez Valdés
ALDEA. Mariano, hijo de José Menéndez Argüelles.
                En la Iglesia Parroquial de S. Estevan del Condado, concejo de Laviana, día veinte y cinco de Enero, año mil ochocientos cuarenta. Yo D. Vicente Pérez Estrada, Dr. en sagrada Teología, Pbro. Cura propio de esta parroquia bauticé solemnemente un niño, que nació el día anterior, y se llamó MARIANO, hijo legítimo, de legítimo matrimonio de los Sres. D. José Menéndez Argüelles y de Dña. María Valdés Hevia, natural ésta del lugar y parroquia limítrofe de S. Martín de Lorío y aquél oriundo y vecino de la Aldea en esta mi feligresía: Abuelos paternos, D. Ignacio y Dña. Teresa Caso Covos, procedente esta de Bezanes, parroquia de Sobre-Castiello en el concejo de Caso y natural aquel y vecino del citado de la Aldea: Maternos, D. Bernardo, natural del referido lugar de Lorío y Dña. Vicenta Caso Covos, difunta, oriunda del insinuado pueblo de Bezanes, vecinos de Pola de Laviana. Fue su padrino D. José Valdés Hevia, tío del infante, vecino también de la Pola, a quien advertí sus obligaciones y el parentesco espiritual que contrajo. Para que conste lo firmo: fecha ut supra. –Vicente Pérez Estrada.
                Sus primeros años de estudio los pasó en una de las escuelas episcopales de Pola de Laviana, como las que estaban situadas en los pórticos de la iglesia de San Martín de Lorío o en el cabildo de la capilla de Santa Eugenia de Puente de Arco o en el cabildo de Santa María del Otero o en la capilla de San Miguel. Cuando le llegó el día, inició los estudios de Derecho en Oviedo para la tutela de su abuelo, Bernardo Valdés.
                Con 17 años se unió en matrimonio con Inocencia García Ciaño, del palacio de la Cabezada de Blimea. Fruto de esta unión nacería un hijo a quien pusieron de nombre Benito, el cual llegaría a ejercer como alcalde del concejo, correspondiéndole a él la inauguración de la nueva casa consistorial en 1905. Antes, en 1866, su padre Mariano sería diputado provincial, cargo que ostentó durante tres elecciones, y más tarde promotor fiscal de Laviana. En 1874 sería nombrado Director de Correos en Oviedo y tres años después llegaría a la fiscalía en Navalcarnero para, sólo dos años más tarde, pasar a profesar como Jefe de la Dirección de establecimientos penales. Casi sin un respiro, en 1883 preparó las maletas para trasladarse a Pagasinán, en Filipinas, pues había sido dispensado con el nombramiento de Gobernador del citado lugar, así como de La Laguna y de Batán. Además, era jefe de administración de lo contencioso administrativo de Filipinas. Entre otras actividades, fue colaborador de la prensa escrita, tanto de periódicos asturianos como de otros de tirada nacional; a esto se le suma la publicación de cuatro libros entre los años 1866 y 1881.
                Se cuenta de Mariano que era un fumador empedernido, apurando buenos puros y, si por casualidad alguna vez se veía sin tabaco, tomaba prestada la cajetilla de algún conocido, pero sin devolución. Tal debió de ser, pues existen unos versos que hacen referencia a ello: “Buen obrero intelectual / y excelente historiador, / aún no tuvo rival / que le gane a fumador”. Mariano murió en Batán el 8 de mayo de 1891. En Pola de Laviana se le recuerda no sólo por la “casona de los Menéndez” (que data del siglo XVI) en la Aldea, sino también por una calle que se le dedicó.

Maximiliano Arboleya Martínez
                El día once de octubre de 1870, yo el infrascripto coadjutor ad nutum de Santa María de Otero, capital de la Pola de Laviana, Provincia y Diócesis de Oviedo, bauticé solemnemente a un niño nacido a las diez de la noche del día nueve, a quien pusieron por nombre Benjamín Maximiliano, hijo legítimo de legítimo matrimonio, de don Marcelino Arboleya, y de doña Amalia Martínez, naturales, él de Sta. María de Suares, concejo de Bimenes, avecindado en la Pola, siendo oficial del Registro de la Propiedad, y ella natural de esta villa; abuelos paternos, don Manuel y doña María Turrado, difuntos, vecinos que fueron de dicha parroquia de Suares, en Bimenes; maternos don Manuel María, natural de Tiñana, Siero, hoy avecindado en ésta, y doña Teresa Corujo, difunta, natural que ha sido de esta feligresía.
                Maximiliano Arboleya Martínez, pues, fue nacido en Pola de Laviana y habría de comenzar sus estudios en la escuela de Pedro García Morán, a donde asistían también Manuel de Jesús y Graciano. Pasó luego al Seminario de Oviedo en 1884 y de ahí se mudó con una beca a Roma en 1892, lugar en donde se licenció en Teología y Derecho. Tres años desde su partida, fue ordenado sacerdote en Oviedo por su tío, el obispo Fray Ramón Martínez Vigil. Mientras ejerce como profesor en el seminario en 1898 obtiene plaza de canónigo en la catedral de Oviedo, fundando en 1900 la Liga de Defensa Eclesiástica. Desde 1901 ejerce como director del diario “El Carbayón”, el cual eleva a cuotas hasta entonces desconocidas por el susodicho periódico
                En la capital asturiana, Maximiliano se dedicó a propagar sus ideas en favor de los sindicatos obreros, en los que no hubiera intervenciones de los patrones o empresarios y cualesquiera otros, todo lo cual le provocó serias enemistades en el seno de la propia Iglesia, siendo acusado de revolucionario, socialista y demagogo. Ese catolicismo social suyo le llevó a emprender diversos proyectos, que no llegaron a buen puerto, dirigidos todos hacia un sindicalismo católico puro.
                En 1923 su buen amigo y compañero de estudios el obispo Juan Bautista Luis y Pérez le nombra deán de la catedral de Oviedo. Un leve reconocimiento que apenas le traería alegrías ni esperanzas. Durante la Segunda República recorrió las cuencas invitado a diversos actos mineros, siempre bien recibido. Lo que lo no llegó a experimentar fue la Revolución de Octubre del ’34, pues precisamente se hallaba en Zaragoza asistiendo a una Semana Social. Incluso tras la Guerra Civil, en pleno “franquismo”, Maximiliano continuó con su particular lucha obrera, si bien cada vez con menor fuerza, que no insistencia, lo cual le llevó a ser trasladado a Meres, lugar en el que fallecería un 19 de enero de 1951. Meses después, en agosto de ese mismo año, se le dio su nombre a una de las plazas de Pola de Laviana.

                Esta plaza que hoy en día lleva el nombre de tan insigne munícipe fue llamada, en su momento, “La Plaza Vieja”, en oposición a “La Plaza Nueva”, en la actualidad Plaza de Fray Ceferino. En aquella Plaza Vieja, unida a la Plaza del Sol, se hallaba el Ayuntamiento y el Juzgado, según muestra un dibujo de mediado el siglo XIX, poco después de haber construido la cárcel, cuando aún estaban en pie las capillas de San Miguel y de San José.

COLETAZOS FINALES

En 1969 Pola de Laviana eligió la zona conocida como “Prau l’Agüeria” (aquariam en latín, que viene a decir "caudaloso", refiriéndose a la corriente de agua) para erigir un complejo urbanístico dedicado a la Enseñanza Secundaria. Se trata del Instituto de Enseñanza Secundaria "David Vázquez Martínez". Este edificio se comenzó a construir ese mismo año, sufriendo una ampliación años más tarde. El hombre al que se le dedicó  el Instituto había nacido en Argentina, en 1930, hijo de dos inmigrantes asturianos, concretamente de La Felguera. David estudió en la Universidad de Madrid, donde se doctoró en química, para trasladarse posteriormente a la Universidad de Cambridge. Investigó microbiología en París, Reading y la propia Cambridge antes de incorporarse al CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas). Fue Profesor y Director del Departamento de Microbiología de la Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de Madrid y Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica en 1985. En febrero del año siguiente de recibir este galardón,  murió en Madrid.
Otro hecho luctuoso ocurrió en la noche del domingo 18 de septiembre de 1977, cuando finalizaban las fiestas patronales de El Condado. Durante esa noche alguien se dedicó al destrozo de la propiedad ajena: el incendio de la imagen de Nuestra Señora del Rosario, una talla datada en el siglo XVIII y que quedó seriamente dañada, así como parte del retablo, obra ésta realizada a mediados de la década de 1950 por el señor Urraca, vecino de Villaviciosa. En la madrugada del día siguiente prendían fuego a una barraca de venta de chucherías, que había acudido a las fiestas; además, esa misma mañana del martes fueron derribados unos diez metros de la valla de la antigua escuela del pueblo. Aparte de estos destrozos, Rogelio, cura párroco en aquel año, también apuntaba la quema de un reclinatorio, parte del mantel del altar mayor y de dos paños sobre los que había sendas imágenes, al igual que un calendario y un mural que había en la sacristía. De la quema se salvó la imagen del Cristo, pues ese mismo día por la tarde había sido llevado en procesión a la capilla del pueblo y no debería regresar a la iglesia hasta aquella mañana del domingo. Al parecer los autores del incendio de la imagen de Nuestra Señora del Rosario habían accedido al interior de la iglesia forzando primero unos barrotes, que fueron vueltos a soldar un par de días más tarde, y luego una ventana. Según se estimó entonces, esto debió de ocurrir entre las cuatro y las cinco de la madrugada. Se da el hecho de que la iglesia ya había sufrido un incendio en 1936, como lo habían sido muchas en aquellos años.

Ya en época democrática, tras las elecciones municipales del 3 de abril de 1979, Pablo García Fernández se convirtió en el primer alcalde de la era posfranquista. Los primeros años democráticos variaron algunos aspectos de Laviana, sobre todo al producirse cierto éxodo del campo a la ciudad, lo cual conllevó la pérdida de importancia de algunas poblaciones rurales que en su momento contaron con cierto rango, cual es el caso de Ribota, que en su momento contó con una escuela, la cual dependía del centro rural agrupado de Entralgo, pero que fue clausurada de forma definitiva en 1999. Entre las remodelaciones que Pola de Laviana fue padeciendo a lo largo del final del siglo XX y en la primera década del siglo XXI se halla el “Parque de los Príncipes”, en donde se instalaron varias atracciones para el entretenimiento de los más pequeños; ésta y otras razones, cuales fiestas, concursos, exposiciones y demás actividades relacionadas con la infancia, han hecho que, al menos durante unos años, Pola de Laviana haya sido nombrada "ciudad amiga de la infancia" en 2010.

LOS AÑOS DE LA POSGUERRA

Como salido de una película de horror, a raíz del término de la Guerra Civil y como consecuencia de las represalias, sucedió un acontecimiento en el municipio que raya la leyenda. A principios de abril de 1948 fueron arrestadas varias personas entre los concejos de Laviana, Infiesto, Biemenes y San Martín del Rey Aurelio (oficialmente se suele dar a conocer un total de 22 reos, aunque bien pudiera haber alguna variante al respecto). El caso es que se dice que fueron encerrados en una cabaña de la sierra de Peña Mayor y, tras ser torturados hasta la muerte, fueron arrojados al pozo Funeres. El hecho de que se propague que un pastor oyó lamentos salidos del pozo en los días posteriores, alimentó la creencia de que alguno de los prisioneros había sido arrojado vivo y que sus captores habían vuelto a rematarlos arrojando cal y dinamita dentro.
Soslayando los problemas políticos propios de la época, la minería volvería a estimular el crecimiento de la comarca, sobre todo con el apoyo del Gobierno Central de Madrid, cuya consecuencia sería el raudo incremento de la población, sobre todo a partir de la década de 1950 (la minería entraría en una reestructuración a principios de la era democrática, alcanzando sus peores momentos de crisis en los años ’90 y, sobre manera, ya bien entrado el siglo XXI). Fue en los años ’50 cuando se proyecta el mejor encauzamiento del río Nalón, que hasta entonces provocaba importantes disturbios con sus crecidas, ocupando la zona que va desde La Chalana hasta El Sutu, aprovechando la cual obra se lleva a cabo en La Chalana la preparación del lugar para una “playa fluvial”, que supuso un enorme espaldarazo para el sector turístico. Esta obra propició un renovado impulso a la urbanización, conquistando nuevas tierras para la construcción de bienes inmuebles. El impulso definitivo lo había dado la inauguración de un puente hormigonado una década atrás. Antiguamente, y de esto hace algo más de un siglo, la comunicación por carretera entre Oviedo y Tarna se establecía a lo largo de la margen derecha del río Nalón. Si alguien necesitaba cruzar el río para acudir a la otra orilla y ponerse en comunicación con los pueblos y aldeas de aquel lado, debía hacerlo por el puente de Puente de Arco; como alternativa podía realizar el tránsito en una chalupa, cuyo embarcadero se hallaba a un par de kilómetros del centro de la villa en dirección sur; es decir, donde actualmente se halla el “Puente de La Chalana”, cuyo nombre viene de aquel medio de transporte: la chalana. Puesto que la carretera como vía de comunicación se iba haciendo dueña y señora dentro de un mundo de avances tecnológicos, un mundo que cada vez miraba más hacia los vecinos, se hizo perentorio comunicar Pola de Laviana con el otro lado del río a través de un nuevo enlace que no se viera dificultado por la corriente fluvial, puesto que las chalanas ya iban perdiendo notoriedad. De ahí que a finales del siglo XIX se acordara la construcción de un puente que uniera las dos orillas del río sin que mediara embarcación alguna. De esta forma se levantó un puente de madera, bastante endeble por cierto, que acabó deshecho en una de las muchas riadas del Nalón. Poco a poco se iban rehaciendo los sucesivos puentes, todos ellos de tablones, como el de 1919 con maromas y tablas; incluso se llegó a construir uno de madera trabada según el modo en que procedían los entibadores mineros en 1926; por supuesto, el río también acabó con él en 1938. Ésta fue la gota que colmó el vaso y, después de tantos varapalos, al fin se comprendió que lo que se precisaba era un puente de hormigón que resistiera los envites del río. Por ello el entonces alcalde de Laviana, Arturo León, comenzó las gestiones para llevar a cabo dicha labor, así como la adecuación de una carretera que habría de comunicar Laviana con Aller a través de La Collaona. La obra del puente se terminó en la década de 1940, cuya estructura aún se conserva en buen estado, como era de esperar.
De este modo, mediado el siglo comenzaba la febril cimentación de barriadas, en su mayoría como respuesta al aumento de la población minera, y que se verá ralentizada en los años ’80 para, una vez más, dar un nuevo estirón en la primera década del siglo XXI. De ese primer tirón constructivo nacieron las barriadas de Fontoria, la "Vieja" (Gargayo) en la década de 1950, y la "Nueva". Otra señal que indicaba aquella fiebre por la construcción se encuentra en el lugar conocido como La Llera. El pueblo había surgido a partir de un “chigre” y un molino de “maquila”, conocido como “el del puente” y también como “el de la carretera”, que aprovechaba las aguas no del río Nalón, sino de las provenientes de la fuente Güé, lugar de nacimiento del río Muñera.  Así pues, La Llera venía a ser una parte aledaña a Lorío. El nombre de Llera, por su parte, parece provenir del latín “glaream”, que viene a traducirse como “grava”, lo que indica la cantidad de este elemento en que abundaba la zona. En 1956 se llevó a cabo la construcción de un pabellón a la orilla de la carretera que conducía a su vecino Lorío; dos años después se construyó un segundo pabellón al lado del anterior. Estas obras se tomaron como una parte extensiva de Lorío, por el cual motivo inmediatamente después se instalaron unas escuelas con dos aulas separadas (una para los niños y otra para las niñas) justo enfrente de los dos pabellones, las cuales correspondían nominalmente a Lorío (éstas se clausurarán en 1992, siendo con posterioridad aprovechadas las dependencias por la Asociación Cultural Los Zurrones, apodo por el que se conocen a los habitantes de Lorío); junto a ellas se levantaron las dos viviendas para los maestros correspondientes (a partir de 1960 se fue ampliando la población hasta lograr cierta independencia de Lorío; así, en 1986 se instalaron tres piscinas al lado de un pequeño complejo hostelero y en 1995 se habilitó un área recreativa, próxima a un negocio de hierro que lleva el nombre de la zona en que se ubicó y que dio nombre no sólo a un lugar de baños conocido en la cuenca como “La Mozquita”, sino también a la cerrada curva que caracterizó durante muchos años el sitio en cuestión y que hoy día ha sido remozada notablemente).
Otro lugar que conoció las mieles de la construcción fue Barredos. Se encuentra dicha población a poco más de un kilómetro de Pola de Laviana. Es una población que se englobó hasta hace relativamente poco tiempo dentro de la parroquia de Tiraña. Al antaño pueblo de Los Barredos se le fueron adhiriendo distintos edificios en distintas etapas, sobre todo desde los años finales del siglo XIX. Su mayor crecimiento se sitúa poco más o menos en la década de 1950, gracias al auge de la minería y la proliferación de las barriadas dedicadas a dar cobijo al gran número de mineros venidos sobre todo del sur de España. Las obras, que habían comenzado con los primeros trámites en 1949, no tuvieron su fin hasta que el 14 de julio de 1958 se entregaron las viviendas a SM Duro Felguera. Entre los edificios que se levantaron estaba una nueva iglesia dedicada a San José Obrero, la cual fue cedida al Obispado de Oviedo, y que constituyó la piedra angular sobre la que giraría la recién inaugurada parroquia, escindida ya de la de Tiraña; la fecha oficial de dicho evento se sitúa en el 11 de febrero de 1959 bajo la firma del Arzobispo de Oviedo, Javier Lauzurica y Torralba. Famosa en la zona es la fiesta de “los mártires”, que hacen referencia a los santos Cosme y Damián.
Una institución que conoció varias ubicaciones en la villa fue la consignada para la consulta médica. En menos de una centuria, sin contar si quiera siglos anteriores, el “centro de salud” conoció cinco edificios diferentes y, en alguna ocasión, distante uno de otro. A mediados del siglo XX lo tenemos localizado en la parte trasera de la gran estructura que es la “casa del pueblo”, concretamente en la planta baja, la cual, tras una larga temporada después de emigrar la institución sanitaria, reabriría sus puertas como local de bebidas en los años ’80. Pues bien, el médico se hubo de trasladar con todos sus artilugios a la actual Calle de Emilio Martínez, en donde no resistió muchos años, pues no tardó en ser mudado a la Calle Francisco Alonso (la calle a la que da la espalda el Teatro Maxi). Nuevamente se instaló la consulta en la entrada de la villa, en un edificio nuevo erigido para este fin y que, lógico a todas vistas, resultó un punto demasiado dificultoso para acudir por parte de los enfermos. Así pues, en lo que antaño fue solar y edificio del “mercado cubierto”, se levantó un nuevo centro de salud, luego de derribar el susodicho mercado, justo entre medias del ayuntamiento y el hogar del jubilado.

Las tensiones sociales, laborales e ideológicas que pululaban por todo el país recalaron, como sería lógico pensar, en esta zona minera. Pronto la minería y sus reclamaciones acaban en huelgas más o menos violentas, como la de 1957 y, sobre todo, la de 1962, durante la cual se llegó a decretar el estado de excepción en toda Asturias, Vizcaya y Guipúzcoa. Como fuere que esta última huelga obtuvo sus frutos, las huelgas mineras proliferaron desde entonces, contabilizándose 228 entre los años 1968 y 1975.

SIGNOS DE MODERNIDAD

El 14 de abril de 1912 se legalizó en Pola de Laviana un club deportivo para participar en los eventos “balompedísticos”; se trataba del Club Titanic Sport de Laviana, lo que hace al club de fútbol el más antiguo de Asturias después del Real Sporting de Gijón. El nombre del equipo, parece obvio, procede del transatlántico hundido el 14 de abril de ese mismo año al colisionar con un iceberg. Años más tarde, durante la época franquista, se hubo de modificar el nombre por imperativos administrativos, españolizándolo para acabar llamándose Titánico. En aquel primer equipo de 1912 militaban Cabero, Sixto Menéndez, Ceferino Gutiérrez, Jaime Gutiérrez, Mariano Menéndez, Amador Varela, Benito Menéndez, Graciano Rodríguez, Chepe Gutiérrez, Maximino López y Ángel Álvarez. La historia del Titanic de Laviana comenzó, sin embargo, un par de años antes, cuando José Gutiérrez, a quien llamaban familiarmente Chepe, llegó de uno de sus viajes a Inglaterra con un balón de cuero. Este joven lavianés, estudiante en Pamplona y luego en Inglaterra, explicaría a sus amigos de la villa y alrededores cómo era el juego del balón que se practicaba allá en las islas británicas, o simplemente insuflaría en sus amigos y conocidos una nueva ilusión por dicho deporte. Así, dos años después de aquello y tras una reunión en el lagar de Don Clemente decidieron formar el club, cuyo primer presidente fue Aquilino Zapico, proyecto que duró siete años, pues fue entonces cuando sus mejores jugadores pasaron a formar parte del Racing de Sama, con la consecuente crisis deportiva y económica. El club entró en barrena e incluso llegó a cambiar de nombre: Nuevo Club Titánic; pero el esfuerzo resultó baldío, pues bajo la presidencia de Agapito Otero acabó desapareciendo. En lugar del club desaparecido, surgió el Gimnástica que pronto fue sustituido por el Arenas Club de Fútbol. Fue con este nombre que Alfonso XII concedió al club el título de Real, concretamente el 6 de noviembre de 1922. Nuevamente, no obstante, vuelve a desaparecer; pero en esta ocasión a causa de la guerra civil de 1936. Al acabar la guerra se renovaron los bríos para sacar adelante un nuevo equipo, aunque esta vez con el nombre que conserva en la actualidad: Real Titánico de Laviana. Una vez más la crisis deportiva y la económica se alían contra el club y en 1960, bajo la presidencia de Manuel Álvarez “Noli” desaparece. Tarda cuatro años en retornar con nuevas energías, esta vez con el nombre de Laviana Club de Fútbol, y no sería hasta la década de 1970 en que el equipo regresaría a su nombre más representativo, Titánico. Dato curioso es el campo oficial del equipo, pues ha tenido hasta cuatro diferentes, aparte de otros dos provisionales. El Titánic comenzó su singladura en el campo La Llombona, no muy lejos de Carrio, desde donde se trasladó a El Rocinero, nombre tomado, al parecer, de un arroyo que nacía en Fontoria . En 1950 El Consejo Local del Movimiento cedió al club unos terrenos en Fontoria, al lado del río Nalón, que sirvieron como campo oficial donde disputar los partidos; el 29 de marzo de 1970, sin embargo, se disputó allí el último partido, pues en el terreno se iba a construir una nueva barriada de edificios. Durante unos años el Titánico jugó primero en La Chalana y luego en El Molín (éste, cerca del matadero), hasta que el Ayuntamiento le cede unos terrenos no muy distantes de las antiguas tolvas, donde se almacenaba el carbón de las minas de la zona; de ahí el nombre del actual campo: Las Tolvas.
A principios del siglo XX las ideas cruzaban la frontera con cierta celeridad y nuevos conceptos iban arraigando en la mente obrera, a raíz de lo cual los ecos de otras luchas sociales fueron penetrando también en la comarca. Así pues, no fue de extrañar que en una zona conflictiva como la minera surgiera una huelga reivindicativa en 1917, reflejo de la barcelonesa, entre los trabajadores mineros, la cual fue reprimida con dureza tras la liberación de los presos de la cárcel. Estas desavenencias permanecerían en el subconsciente minero hasta abocar en la lucha de octubre de 1934, cuando las cuencas mineras, movilizadas por partidos de izquierdas, se sumaron a una lucha armada que llegará hasta la misma capital asturiana y que, finalmente, sería de nuevo reprimida con extrema violencia. Poco después estallaría la Guerra Civil y Laviana quedará enmarcada en la zona republicana, la cual zona sería el último reducto republicano del Frente Norte en ser derrotado. Tras darse por terminada la guerra, partidas republicanas siguieron combatiendo por su cuenta, como la famosa de Lisardo, durante varios años más.
Aparte de conflictos más o menos violentos, Laviana también asumió otras perspectivas más halagüeñas. En la década de 1920 existía en La Coaña un local hostelero llamado Bar Blanco. Se trataba de una especie de barracón con carpa o terraza techada y provista de mesas y sillas de madera. Y a los Blanco perteneció un bajo de la calle principal, que en aquella época era nombrada como Calle de Abajo, el cual local se explotaba como bar allá a principios del siglo XX. Más tarde el bajo también sirvió como restaurante y, con el paso de los años, pasó a ser arrendado a la empresa de transportes El Carbonero, que había sido fundada en 1927. El edificio sirvió como cuartel de policía durante varios años tras la finalización de la guerra civil. Finalmente, en 1954 en ese mismo local se abrió un negocio textil con el nombre de Novedades Valentín, conocido también como Sastrería Valentín y como Casa Clemen (diminutivo de Clementina, esposa del dueño del negocio); después de casi seis décadas, esa misma sastrería continúa en servicio, aunque con prestaciones bien distintas a las primeras. Otra de las iniciativas privadas más rememoradas en la villa tuvo su punto de partida en los primeros años de la segunda década de este siglo XX: en 1923 Víctor Fernández González Mayo creó la marca Chocolates Mayín (también Troya), con una fábrica en el barrio Jardín, situado entre la plaza del Ayuntamiento y el barrio Tapia (la fábrica cerraría en 1972). Un tercer negocio con cierta fama estuvo localizado en un edificio de su calle principal: según reza la inscripción central de arriba, el edificio fue levantado en 1929 y sirvió, como se aprecia abajo, de confitería, famosa no sólo dentro del concejo, sino incluso en el extrarradio, habiendo referencias a ovetenses que acudían aquí para comprar sus pasteles, sobre todo los "bartolos", invención propia,  cuyo nombre se debió a una pequeña chanza entre los dueños, pues mientras uno de ellos probaba la pasta, el otro le dijo "no seas bartolo", de donde surgió el nombre del pastel. Unas mesas servían para que los clientes que lo consideraran oportuno pudiesen merendar allí con sus pastas y su café o su chocolate; al final, los descendientes del pastelero se escindieron entre Gijón y un nuevo emplazamiento para su negocio en la propia villa en la Avenida Arturo León.
Si bien, como ha se ha visto anteriormente, el vacío en locales que proporcionaban enseñanza había sido subsanado, en 1929 la congregación de misioneras claretianas, las misioneras de San Antonio María Claret, fundan un colegio para impartir conocimientos y modales católicos a las niñas del concejo, ochenta años después del nacimiento de la hermandad. En un primer momento las clases fueron impartidas en el edificio que serviría como oficinas y parada de la empresa de transporte público El Carbonero, si bien no se tardó en hallar una nueva ubicación para estos menesteres; el colegio se situó casi al lado mismo de la Fuente de la Salud. De aquel edificio se pasó a otro en la plaza del Ayuntamiento, cedido por su dueño, Agapito Concheso, para residencia y colegio de las susodichas reverendas. No era ése, empero, lugar apropiado para un colegio que veía aumentar el alumnado cada año y con el tiempo se vio en la necesidad de encontrar una nueva residencia. La congregación se mantuvo en el edificio de Concheso hasta que en 1955 se construyeron unos nuevos edificios a la vera de la calle principal, en su confluencia con la actual Calle Asturias, financiada dicha edificación en parte con el dinero que la empresa Fradera había aportado; en sus inicios los hijos de los trabajadores recibían clases sin la obligatoriedad del pago de una cuota a la que sí estaban sometidos los demás alumnos. Al tiempo que los años transcurrían, el colegio fue acogiendo no sólo a un mayor número de estudiantes, sino que abrió el abanico para los varones y, más tarde, después de décadas impartiendo clases a los más pequeños, hubo de actualizar su plan de estudios para compaginar la Enseñanza Infantil junto con la Primaria y la Secundaria.
Unido al tren, las nuevas carreteras y al adecentamiento de la propia villa provocan un avance en la comunicación de viajeros con la capital asturiana. Así el 1 de julio de 1927 se da por inaugurada una línea de viajeros por carretera entre Laviana y Oviedo; de nombre El Carbonero, el audaz empresario Manuel Menéndez contaba entonces con tan sólo dos carruajes: una berlina y un landó (esta Sociedad Anónima habrá de dar un vuelco total cuando en 1980 se convierta en Cooperativista con el nombre de ALCOOTAN); la empresa estuvo a punto de trasladarse a Oviedo, hasta que en 2012 le fueron concedidos los terrenos apropiados para su ubicación definitiva en El Sutu. Otro dato de la modernidad que alcanzaba Laviana fue la instalación del teléfono en 1929, el cual llegó a tener sesenta líneas en tan sólo dos años; su centralita, activa en 1937, llegó a producir cierta hilaridad en las filas militares durante la Guerra Civil, al dar prioridad a una comunicación civil y privada sobre otra de imperiosa necesidad bélica. Tampoco podemos obviar lo que fue el tendido eléctrico que alimentaba otras zonas asturianas y que, a su paso por el municipio, fue aprovechado para extender el uso por el concejo; así vemos que en Picublancu existe una casería, algo por debajo de una campa homónima, conocida como “la casa la luz”, pues sus inquilinos estaban encargados del cuidado del tendido de alta tensión que cruzaba por dicho lugar procedente de la central hidráulica de La Curuxera y que tenía como destino La Camocha, en Gijón (la casería se encuentra casi haciendo frontera entre La Cuesta la Pola y el vecino valle de Tiraña).

En el apartado lúdico Laviana también contó con sus pioneros y sus avances. Aparte de la literatura y de la teología y filosofía, representada ésta última por eminentes escritores, a finales del siglo XIX ya se representaban en la villa con asiduidad obras dramáticas y en fecha tan temprana como 1908 consta que se proyectaban películas con cierta frecuencia en el cine Colón, al que llamaban popularmente Cancelo; hubo también por esos años otra sala cinematográfica más, de nombre Ideal. A este respecto cabe destacar la ubicación de la primera sala de cine moderna, abierta en los años ’30 del siglo XX (al parecer con la proyección “Allá en el Rancho Grande”), sita en la Calle del Generalísimo y con entrada por ésta y por la “Calle Tras”, y que era regentada por Matilde, por el cual motivo así era conocido el local, “el cine de Matilde”, aunque su nombre oficial era Cinema Moderno; cuando cerró sus puertas al cinematógrafo, tal vez a finales de la década de 1950, el lugar fue reconvertido en sala de fiestas, de nombre “El Dakar”. Años antes de que el Cinema Moderno clausurara sus proyecciones, había nacido otro espacio cinematográfico, el Teatro Maxi. La inauguración de este local de ocio tuvo lugar hacia 1943 gracias al esfuerzo de Cavero, quien llamó Maxi al nuevo negocio en honor de su hija Máxima, aunque en un primer momento se había decidido llamarlo Palacio Valdés. Además de proyectar largometrajes, sobre el escenario tenían lugar representaciones teatrales, conciertos de música y otros actos de entretenimiento, así como algún concurso, algún baile y algún pregón. Por desgracia, en mayo de 1998 se proyectaría la película Titanic, con la que se daría por finalizado el trayecto cultural de este edificio.

PROYECCIÓN URBANÍSTICA

Durante los años de construcción de la iglesia ya se adivinaba la tendencia urbanística, aprovechando la llanura que quedaba en el margen derecho del río Nalón. Así pues, en 1905 se inauguraba el nuevo edificio del Ayuntamiento, que reemplazaba al antiguo de la Plaza del Mercado, el cual, a su vez, había reemplazado a otro más antiguo, ya muy mermado y que estuvo situado en la Plaza de la Bolera (con ese nombre aparece en un plano de 1870, albergando la fuente llamada “el Fonticu”), más tarde Plaza del Sol (así renombrada hacia 1909), y ahora de la Encarnación. La propuesta para esta nueva edificación había surgido en 1903 y el entonces regidor había calculado una cifra de cien mil pesetas para llevar a cabo las obras, aunque finalmente hubo de conformarse con la mitad, dinero que fue prestado por el cabildo a un bajo interés. Para que estos dos edificios, la iglesia y la casa consistorial, estuvieran conectados entre sí y no fueran tierras baldías las que mediaran entre ellos, se proyectó una avenida, que pronto se llevaría a cabo, vertebrando, de esta forma, junto con la Plaza del Ganado, después conocida como de la Pontona, un triángulo dentro del cual se situaba el centro urbano y social de la villa. La plaza de este nuevo ayuntamiento lleva por nombre al más ilustre de los munícipes, Armando Palacio Valdés, aunque para ver su busto en mitad de ella habría que esperar hasta 1953, año en que se le dio dicho nombre a la plaza por ser el centenario de su nacimiento; de todas formas, dicho busto fue “eliminado” de la plaza con posterioridad. El lugar elegido para la ubicación de la alcaldía era el que había sido ocupado previamente por la capilla de San Miguel. El arquitecto encargado de plasmar sobre el papel el nuevo edificio fue Mariano Marín, siendo alcalde por entonces Segundo Álvarez, aunque quien ostentaba el cargo el día de la inauguración fue Benito Menéndez.
                A un lado de la avenida arriba indicada quedaba una ería que llegaba hasta las márgenes del río Nalón, mientras por el lado opuesto la urbe iría ensanchándose hasta llegar a conformar un todo. Sin embargo, la ería fue rescatada de la inacción y allí se plantó un parque, cuya extensión no llegó a cubrir la que aparecía en el proyecto prístino. Lindando entre el parque y la avenida, se situaron con el tiempo una bolera y un edificio que albergaba el “Hogar del Productor” (también conocido como “La Sindical”), cerca de la cual se había construido “la casa del pueblo” (en realidad, se trataba de la remodelación del chalet de un indiano, de nombre Benito, venido de las “Américas”). Más tarde se llevaría a cabo la instalación de una pista deportiva, “Joaquín Blume”, que rememora al mejor gimnasta español que ha dado la historia. Después de la guerra civil, la avenida recibió el nombre de “18 de julio”, pasando a llamarse, con la llegada de la democracia, “de la Constitución”. A lo largo de su corta vida la avenida hubo de padecer varias remodelaciones, una de cuyas transformaciones más notables fue su urbanización, aprobada en 1953 y acaecida en los años posteriores. La última de estas modificaciones se realizó entre los años 2009 y 2010, creando a su lado la Plaza de los Ayuntamientos Democráticos, justo en el solar en donde estuvo la Sindical, edificio que quedó abandonado tras la llegada de la Democracia y que acabó medio en ruinas y, finalmente, incendiado; este lugar fue el elegido para situar el fallido experimento conocido por los munícipes como “el ovni”, y que no es otra cosa que un quiosco musical basado en el hierro y el hormigón.
                El 27 de septiembre de 1903 y siendo alcalde de Laviana Benito Menéndez, se publica un Real Decreto en el que el municipio recibe un pequeño título, por otro lado concedido a todos los Ayuntamientos, reflejado en el siguiente párrafo: “Queriendo dar una prueba de Mi Real aprecio á la villa de Laviana, provincia de Oviedo, y, teniendo en cuenta su antigüedad, aumento de población é importancia agrícola y desarrollo de la instrucción pública, así como su constante adhesión á la Monarquía española, su antigüedad como Municipio puesto que figuraba como tal reinando D. Juan II y el haber concurrido en 1504 á la Junta General del Principado de Asturias, Vengo en conceder á su Municipio el tratamiento de Excelencia.
Dado en San Sebastián á veinte de Septiembre de mil novecientos tres –Alfonso- El Ministro de la Gobernación, ANTONIO GARCÍA ALIX”.
Fue ése el año de la reforma de la memorable Fuente de los Corrales. Aparte, por supuesto, de los dos ríos, tal vez sea la Fuente de Los Corrales el más significativo ejemplo del aprovechamiento de los recursos acuáticos. No sólo servía como abastecedora de agua, sino que en su momento fue el límite poblacional de la villa, si bien es cierto que ya a principios del siglo XX se rebasó dicha frontera. Una de sus reparaciones más urgentes y que la dotó del aspecto actual fue la que se realizó en 1903. Una segunda fuente tradicional y renombrada de Pola de Laviana ha sido, y es, la Fuente de La Salud. Cercana a la de Los Corrales, a esta fuente solían acudir los habitantes de la Pola por su agua fresca y saludable, aunque su aprovechamiento como tal fue posterior a la arriba mencionada, dado que en un principio apenas suponía un manantial. Por desgracia, las obras llevadas a cabo por la corporación lavianesa casi acaba con su potabilidad en 1983 (se trasladó hasta “las escaleronas”), y cerca anduvo de acabar también con la propia fuente, de la cual sólo queda un caño incrustado en un muro merced a una rehabilitación posterior.
Mientras tanto, la minería empujaba a los munícipes a abandonar el campo, mal pagado y con poco futuro, hacia el carbón, más sacrificado, pero mejor remunerado. Así, la capital del concejo va incrementando el número de residentes, lo que obliga a nuevas construcciones. Con el aumento poblacional la villa se expande en dirección hacia el río, ocupando zonas más llanas. Al parecer hacia el año 1927, cuenta José María Jove y Canella, los 1.170 obreros de la minería eran capaces de producir unas 210.000 toneladas de carbón de hulla al año. Esa ingente cantidad para tan pocos obreros con medios no muy avanzados, debía de tener un transporte que la sacara al mercado nacional, al menos desde la cuenca hasta Gijón. Parte de ese transporte tuvo nombre propio en Laviana: La Campurra. Todo comenzó una década antes, en 1917; ese año Cándido Blanco Valera, natural de un caserío de Tiraña conocido como El Campurru, consiguió la concesión de “un tranvía de sangre desde la estación de Laviana al camino de Lorío”, con la intención de enlazarlo más tarde con el concejo de San Martín del Rey Aurelio. Mediante este medio el empresario lavianés, que residía por aquel entonces en Gijón, trasladaría el carbón desde sus minas hasta el lavadero de Pola de Laviana, ubicado en la zona conocida como Fontoria, y que pertenecía a la firma francesa Charbonnages Laviana. Por paradójico que pudiere parecer visto desde la actualidad, aquel trenillo funcionaba con tracción animal (tranvía de sangre), pues una mula se encargaba de empujar los vagones. En 1919 un deceso empañó el transporte; un niño fue atropellado por uno de estos vagones. Al momento, el alcalde, que en aquellos años era Gaspar García Jove, suspendió el servicio hasta que se mejorasen las medidas de seguridad o, al menos, las condiciones exigidas en 1917 y que, según se da a entender, brillaban por su ausencia. Entre pliegos y dimes y diretes, Cándido Blanco obtuvo el permiso para continuar usando el tren, esta vez tirado por una máquina a vapor, que pronto fue conocida por “La Campurra” (cuyo seudónimo se aplicaría a todas las posteriores máquinas que habrían de sustituir a ésta), haciendo mención a la procedencia de su dueño; la inauguración oficial tuvo lugar el 15 de agosto de 1921. Casi diez años después, sin embargo, Cándido vendió todos su derechos a la empresa barcelonesa Cementos Fradera (del nombre del empresario José Fradera Camps), por lo que a la máquina de vapor también se la denominaba, de cuando en cuando, “La Catalana”. Unos meses después de su nacimiento oficial, La Campurra inició su recorrido hasta Rioseco trasladando pasajeros, si bien una de sus condiciones, por curiosa, era la de no rebasar los 8 kilómetros por hora en velocidad. Y así estuvo funcionando el trenillo hasta que en la década de los ’60  comenzó su declive, primero con el cierre de las minas de las que transportaba el carbón (1967) y un año más tarde con la clausura del tráfico de viajeros. En cuanto a la empresa catalana-francesa Cementos Fradera adquirió y abrió pozos mineros por toda la comarca, extendiendo la minería por el valle; por ejemplo, en 1927 comenzó a explotar varios yacimientos en las inmediaciones de Ribota, cuyo centro productivo (Grupo Ribota) se cerró en 1967, dando fin a la minería en tal lugar.

Aunque es cierto que la minería del carbón aupó al concejo, en realidad a toda la comarca, a una sociedad más industrializada, también fue causante de ciertos desajustes. Un ejemplo fue lo acaecido a L'Agüeria, un río de cierta importancia para los habitantes del valle que conforma dicho cauce, al menos hasta el primer tercio del siglo XX: sus aguas fueron aprovechadas por cuatro molinos y un batán. Con la llegada de la minería, en concreto con las explotaciones de la empresa Coto Musel, las escombreras, los planos y las bocaminas fueron cortando los acuíferos que vertían sus aguas al río y éste comenzó a sufrir las consecuencias con una importante merma de caudal. Las minas de carbón también trajeron dolor y luto a la comarca; por ejemplo en 1924 se produjo uno de los muchos accidentes mortales que el carbón se cobraría a lo largo de los años, el cual tuvo lugar en Rimoria, en el Pozo Carrio, con varios muertos. Este pozo minero comenzó a ser explotado en 1890 por la Sociedad Santa Ana y ocho años más tarde se tendió el cable que va de Serramplín hasta Argayón. En 1905 el pozo pasó al poder de los Hermanos Felgueroso, que un año después ampliarían el negocio abriendo la  explotación del Pozo Barredos. El puente atirantado sobre el río Nalón erigido a principios de este siglo XX fue mejorado con el puente de hierro, obra de Duro Felguera para el transporte del carbón. En 1940 el Pozo Carrio era propiedad de la empresa Duro Felguera, la cual lo mantuvo como suyo hasta que en 1960 fue adquirido por Hulleras del Norte: HUNOSA.

ASUNTOS RELIGIOSOS

La parroquia de Pola de Laviana fue nominalmente la parroquia del Otero hasta la edificación de una nueva iglesia, momento en que pasó a ser la parroquia de la Asunción de Pola de Laviana. El arciprestazgo de la Pola comprende las parroquias de Tiraña, Barredos, Carrio, Entralgo, Villoria, Lorío, Condado, Pola de Laviana y Tolivia (ésta formó parte de la parroquia de Villoria hasta la última mitad del siglo XIX; en concreto, en 1886 quedó constituida como nueva parroquia bajo la advocación de San Antonio Abad; la iglesia se levantó en 1911, año de su inauguración, si bien no fue terminada hasta la década de 1950, cuando se dio por finiquitada la remodelación de su espadaña; mientras tanto, la antigua capilla fue sustituida por un edificio que albergó una escuela). Como institución religiosa que era y es, la capilla del Otero tenía derecho a poseer sus propios terrenos, en este caso todos los que la rodeaban, además de algunos otros. Así, además de la casa rectoral, el hórreo y la caseta para los aperos, debemos mencionar una huerta, un prado, un robledal y, algo más separado, otro tanto: huerto, prado y mata de árboles; a todo lo cual se sumaban cuatro prados sitos en la vega.
Aunque no hay constancia de ello, es de suponer que durante los siglos XVI y XVII se realizase algún tipo de procesión en los alrededores de la capilla con la imagen de la Virgen como protagonista. Sí hay pruebas documentadas de que en 1844 se celebraba una procesión que iba desde el Otero hasta la capilla de San Miguel en la víspera de la fiesta. También por esa época se disponían dos sermones, uno el día de la procesión en la Plaza Nueva (hoy plaza de Fray Ceferino), y el otro el mismo día festivo en el Otero. Además, ya era usual desde 1830 que el dominico José María Morán fuera el predicador (había nacido en La Ferrera el 10 de abril de 1809). La talla, pues, llegaba originariamente a San Miguel en una marcha nocturna y después de haber cruzado bajo cuatro arcos floridos compuestos expresamente para ello y colocados en otros tantos puntos concretos de la carrera. El recorrido comenzaba, como es lógico, en la capilla del Otero, desde donde se dirigía hasta la actual plaza de La Pontona (en donde se predicaba un sermón); ahí enlazaba con la Calle de Arriba y llegaba a la Plaza Vieja, en donde tomaba rumbo hacia la Plaza Nueva con un nuevo sermón, para finalizar yéndose a la capilla de San Miguel, en donde la talla reposaba el resto de la noche mientras se celebraba un baile en las afueras (en 1943 se produjeron un par de novedades: en la Plaza Maximiliano Arboleya se apagaron las luces y desde un balcón se cantó una saeta; este mismo procedimiento volvía a ocurrir en la Calle del Generalísimo). Al día siguiente se volvía a retornar la figura de la Virgen hasta su emplazamiento con una nueva procesión, tras la cual se celebraba la misa correspondiente. Una vez finalizada ésta, se daba inicio a la romería en la propia campa del Otero hasta que el sol declinaba con la atardecida, momento en que los romeros bajaban a la villa para continuar el festejo (en 1934 el entonces alcalde prohibió la procesión, lo cual originó no pocas protestas y disturbios, aunque algunos fieles, parece ser que encabezados por Luisa A. Lamuño, trasladaron a hurtadillas la imagen de la Virgen desde el Otero al templo parroquial). En la actualidad el recorrido y las paradas han variado un tanto. Ya no hay sermones en las plazas ni saetas ni apagones de luces; además, desde La Pontona la procesión recorre lo que es la “Calle Trás” (calles Padre Valdés y Emilio Martínez) en dirección oeste hasta enlazar con la Calle Libertad, momento en que gira casi trescientos sesenta grados para recorrer dicha calle hasta encontrarse con la Calle Leopoldo Alas Clarín, la cual conduce la procesión hasta el frontal de la iglesia parroquial. Referente a estas fiestas es curiosa la anécdota que cuenta Emilio Martínez Suárez, gran admirador de Armando Palacio Valdés, sobre la gran pelea descrita en el libro La aldea perdida, pues, según él, ocurrió en realidad y él mismo fue testigo de ella a finales del siglo XIX: “En lo referente a la batalla del Otero, la más larga, dura y emocionante de cuantas hubo en nuestro concejo y de la que obtuvo amplios informes, sea por no provocar otra lucha, o por otra causa, don Armando en su magistral descripción puso a los de Lorío y Rivota en lugar de los de La Rebollada, y a los de Entralgo y Villoria en el correspondiente a los de La Traviesa. La causa del conflicto fue ésta: Celedonio Martínez, de La Traviesa, primo hermano mío, cortejaba a una moza de Pielgos, pretendida también por uno de La Rebollada, alineándose al lado de cada uno de los caseríos colindantes, y el día de Nuestra Señora del Otero decidieron la cuestión a palo limpio, saliendo todos magullados, aunque menos los de La Traviesa, que embarcaron para Chile y para Cuba huyendo de la intervención curial. El más fuerte de todos era Antón de La Rebollada. Esta refriega la presencié yo, y la suerte de ser muy niño me libró de una paliza soberana. El cura salió con un Crucifijo y don Marcelino Trapiello, juez de Primera Instancia, admirado y querido por su bondad y rectitud, lanzando tiros al aire; pero los contendientes cambiaban de sitio, sin dejar de darse palos. Por fin, intervino la Guardia Civil, que hizo una imponente descarga al espacio, y todos escaparon monte arriba”.
Pola de Laviana cuenta con dos imágenes religiosas identificadas con la Virgen del Otero y la Virgen de la Asunción. El motivo por lo cual ocurre esto es bien sencillo. La parroquia de la Puebla de Flaviana contaba con una iglesia que custodiaba la imagen de Nuestra Señora del Otero. La iglesia estaba situada, y aún lo está, aproximadamente a medio kilómetro del centro de la villa. Había sido construida, según los datos que se tienen por ciertos, con “posterioridad al siglo XV”; esto es, seguramente y por lógica en el siglo XVI. El retablo, lo más destacable de la iglesia, data del siglo XVIII. El seis de septiembre de 1663 el cura párroco, Tomás Sánchez Lorenzo, recibió una destacable donación de parte de Francisco González Suárez, que residía en Madrid y que habría de morir el 18 de septiembre de 1768, contándose una buena cantidad de ropajes eclesiásticos, así como un cáliz, un copón, un misal  y dos libros; a todo lo cual habría que añadir los aranceles y tributos que cobraba la institución religiosa, que podían oscilar entre los veinte ducados pagados por los herederos de Gabriel Alonso de Inguanzo por el uso del fosario, hasta una vaca con un jato y una novilla como pago realizado por Blas Álvarez. Aparte de estos bienes materiales estaban, por supuesto, los diezmos y las primicias, impuestos obligatorios establecidos por la Iglesia Católica para, según sus regidores, mantenimiento de la Iglesia universal; una parte acababa en los bolsillos del obispo correspondiente y las otras tres las repartía el párroco entre los pobres, su propia iglesia y su bolsillo. En una comarca tan “ruralizada” y no muy rica como era ésta, tales impuestos se solían realizar en forma de comida: frutos, verduras, ganado… De todas formas, tal vez la fuente más importante de ingresos fueran las misas.
Pues bien, esta iglesia fue el edificio parroquial de Pola de Laviana hasta que a finales del siglo decimonónico el obispo Ramón Martínez Vigil entró en conversaciones con el entonces párroco de la villa lavianense, José del Rosal, con la intención de construir una nueva iglesia, cuya advocación sería la de la Virgen de la Asunción. Una vez llegados a este punto y acordado llevar a cabo dicha edificación, se encargó al reputado Luis Bellido el diseño de la misma, cuya puesta en marcha tuvo lugar el 15 de agosto de 1895 con la colocación de la primera piedra  a cargo del párroco José del Rosal Areces. Parece ser que en el proyecto original aparecían dos torres, pero a causa de las estrecheces económicas se acordó levantar una única torre, aunque algo más alta lo que en un principio iba a ser. Para poder costear las obras anexas, hubo de realizarse varias ventas, pues el 17 de diciembre de 1896 el párroco José del Rosal Areces vendió, no sólo la capilla de San Miguel, sita a unos cien metros de distancia, sino también la rectoral del Otero, así como la huerta y el hórreo, con el fin de comprar el terreno y edificar en él una nueva casa rectoral; dicha operación se saldó con 1.943 pesetas de beneficio. Cuando la capilla de San Miguel fue derruida para la construcción de la casa consistorial, la talla del santo fue trasladada a la capilla del Otero y restaurada casi un siglo después, en 1982, por el párroco Gerardo Prieto y Díez de Dios, en cuya rectoral, como nota curiosa, podía ser admirada la piel de un oso de casi tres metros de ancho, cuya captura se atribuyó a la cuadrilla de Manuel Moritan. En fin, las obras de la nueva iglesia fueron finiquitadas en 1899, de tal modo que el 13 de mayo quedó inaugurado el nuevo templo al estilo neogótico a orillas del río San Julián, mucho antes de que éste fuera soterrado y cuando no había construcción alguna cerca del recinto religioso, el cual pasaría a ser sede parroquial de la villa en detrimento de la del Otero. Se dice que la ceremonia y actos asimilados duraron alrededor de seis horas (desde las siete de la mañana hasta la una de la tarde), con la presencia del propio obispo y la predicación de Maximiliano Arboleya, que a la postre era sobrino del mismísimo obispo antes citado. Además, parece ser que se introdujeron en el altar las reliquias de los santos Vicente, Feliciano, Aurelia y Tecla. En 1921 y durante una tormenta cayó un rayo en el campanario del edificio con el consiguiente daño, por el cual motivo se procedió a su arreglo, aprovechando lo cual se realizaron algunas otras modificaciones (fue entonces cuando, aprovechando la ocasión, se colocó una cruz, donada por la empresa Coto Musel,  y un pararrayos en su cumbre). La casa rectoral adosada a la iglesia, en cambio, habría de aguardar hasta 1928 para su inauguración; de todas formas, en junio de 1968 comenzó su demolición para construir una nueva residencia para el párroco, la cual fue terminada en septiembre de 1970. Los últimos remates de la nueva iglesia se llevaron a cabo en 1919, cuyos gastos fueron sufragados mediante una suscripción voluntaria entre los feligreses.

Con esta nueva planta, el edificio del Otero pasó a un segundo término, aunque Nuestra Señora del Otero continuó siendo la patrona de la villa, por el cual motivo el día de su celebración los feligreses sacan la imagen de la ahora capilla y la trasladan en procesión hasta la nueva iglesia, relegando a la Virgen de la Asunción a un segundo término, cuando no, eclipsada por completo en una especie de revancha o venganza, si eso es posible. Durante la contienda civil que barrió el país en los últimos años de la década de 1930, la iglesia, al igual que otras muchas en todo el territorio nacional, vería cerradas sus puertas para el culto religioso. En su lugar, el edificio sirvió primero como cárcel, después como almacén de materiales de construcción y por último como cuartel de milicianos. Tras la guerra y en vista de su lamentable estado, los oficios religiosos se celebraron en el quiosco de la plaza del ayuntamiento mientras se iban realizando los trabajos de recuperación. En 1999, como conmemoración de los cien años de existencia, la iglesia recibió la excelsa visita de otra imagen mariana, en esta ocasión de mayor renombre y relumbre; es decir, la patrona de Asturias, que es lo mismo que decir la Virgen de Covadonga. A lo largo de su corta vida, la iglesia ha tenido que ser reparada en algunas ocasiones; ahora bien, la reforma más significativa en el interior tal vez sea la última, aunque más que reforma se debería de hablar de puesta a punto, alargándose las obras durante unos dos meses, tiempo durante el cual las misas fueron impartidas en la capilla del colegio María Inmaculada, mientras que los demás actos requirieron la presencia en la capilla del Otero. El domingo 12 de agosto de 2012 el arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, acudió a la reinauguración en un acto misal, acompañado por el arcipreste de la Comarca del Nalón, así como por algunos párrocos naturales de la villa y otros que lo fueron de esta parroquia. Por supuesto, en la misa no faltó el entonces párroco de Pola de Laviana Víctor Cedrón. Aparte del edificio en sí, cabe destacar que al frente de él todavía subsisten los cuatro cedros que fueron plantados casi al mismo tiempo que nacía la propia iglesia y que en alguna ocasión sirvieron, entre otros menesteres, para colocar algunos adornos navideños, austeros pero resultones.