domingo, 2 de octubre de 2016

EL PRIMER IMPULSO


La Puebla de Flaviana era, sin duda, un lugar de tránsito, lo que le llevó a un crecimiento demográfico insignificante; a pesar de ello, gozó de cierta distinción en el entorno agrario, puesto que poseía notario, herrero, carpintero, etc. Además de su dependencia del monasterio ovetense arriba citado, poseía cotos señores, como el de Villoria, a quien se le tributaba el diezmo correspondiente. Con la llegada al poder de Felipe II, algunos de estos cotos pasaron a formar parte del concejo lavianés al ser desamortizados, como le ocurrió al de Entralgo (el nombre de "Entralgo" proviene del término latino intra-aticum, que era empleado para referirse a un lugar en donde se producía la entrada o la desembocadura de una corriente fluvial; en este caso, la locución se refiere a la desembocadura del río Molinera, también llamado Villoria, en el Nalón); en el siglo XVIII tan sólo quedaban dos cotos independientes: el de Tiraña y el de Villoria (habrá que esperar hasta 1826 para que estos dos cotos se incorporen de forma definitiva a la administración de Laviana). El concejo tuvo sus encuentros con diversos vecinos desde tiempos medievales, como los acaecidos alrededor del siglo XV; a finales de este siglo Laviana y Lena, junto con la abadía de Arbas, se enfrentan a Aller debido a un conflicto surgido por el aprovechamiento de los pastos de montaña, lo que demuestra la importancia de la explotación pecuaria en este tipo de concejos (y cuyas polémicas aún persisten hoy en día, si bien con algunos nuevos matices). Se debe mencionar, aunque sea de pasada, la autoridad del linaje de los Bernaldo de Quirós (cuya área de influencia abarcaba Lena y Laviana), ya en años tan tempranos como principios del siglo XVII, que, junto a los Caso Sorribas, poseían una situación preeminente en la Junta General del Principado. Precisamente de ahí proviene el lema que aparece en el escudo lavianés: “después de Dios la casa de Quirós”.
Entre los siglos XV y XVI se sitúa la construcción de una iglesia en los límites de La Pola, cuya advocación fue de Santa María del Otero, con planta de cruz latina (el retablo interior, sin embargo, está fechado en la primera mitad del siglo XVII, el cual fue dorado por primera vez en 1664 y en una segunda ocasión en 1757). En cuanto a la talla, la imagen de Nuestra Señora del Otero se ha datado a principios del siglo XVII, aunque la primera noticia segura sobre ella proviene de mediados: 1654 (en 1956 fue restaurada, perdiendo la expresión de su rostro parte del atractivo original); al parecer, en tiempos anteriores a 1895 la titularidad de la imagen era simplemente la de Santa María. Por lo que se refiere a su devoción, en 1681 ya existía en la parroquia del Otero una Capellanía, lo que nos lleva a pensar que la procesión nocturna durante las fiestas de la Asunción es bastante antigua. Ahora bien, la festividad como tal de la parroquia, la que celebra la ascensión de la Virgen María a los cielos, fue establecida de forma definitiva por el párroco José del Rosal Areces, justo el día en que colocó la primera piedra para la construcción del nuevo templo, el día 15 de agosto de 1895. Unos de los documentos más antiguos pertenecientes a la parroquia son los libros del Archivo Parroquial Libro de Fábrica de la Iglesia Parroquial de Santa María del Otero, de Laviana, que principia en 1680 y termina en 1778… Encuadernado por el actual Párroco Don José Álvarez Marina, el 31 de agosto de 1866; sin embargo, no “principia” en 1860, sino veinte años antes.  
En 1776 los munícipes solicitaron al rey un permiso para establecer un mercado semanal, donde realizar la compra-venta de ganados, productos agrícolas y productos textiles, entre otros productos; lo curioso es que el lugar elegido no fue la capital, sino Lorío, que en aquellos años tal vez fuera el núcleo parroquial más importante del municipio (su nombre proviene del término latino laurus [laurel], que fue tamizado por la lengua provenzal para convertirse en laurier, de ahí evolucionó a llaureu* y finalmente Lorío; es curioso que esta palabra con raíz indoeuropea daurus esté relacionada con el término “druida” [tienen la misma raíz dru-*]). El caso es que la concesión real tardó justamente diez años en llegar y con él vino un cambio sustancial: se concedía el mercado semanal, pero éste debía tener lugar en Pola de Laviana y no en Lorío. La zona que se eligió para establecer el mercado en la villa fue a las afueras, entre la población y la iglesia de Nuestra Señora del Otero. De este modo, las casas quedaban separadas del recinto ferial por el río San Julián, también llamado “de la Rebollada”. Así fue cómo surgió la Plaza del Mercado, más tarde conocida como Plaza del Ganado (por ser donde se concentraba éste), en la actualidad Plaza de la Pontona (nombre derivado de los pontones que se utilizaban para cruzar el río San Julián). Ya a mediados del siglo XIX dicha plaza se había consolidado como tal, sirviendo para reunir en torno a ella al diverso ganado. No es de extrañar, pues, que la villa creciera en esa dirección hasta llegar a engullir el mercado. Tal llegó a ser con los años el número y la variedad de reses, recuas y rebaños, que en épocas ya más recientes hubo de ser repartido el espacio de forma más homogénea.
Hasta finales del siglo XVIII los enterramientos se producían dentro de los templos religiosos, si es que las familias podían pagar por ello, pues se exigía cierta cantidad según el sitio elegido, bien sea bajo la capilla mayor, bajo el cuerpo de la iglesia o, simplemente, fuera de la capilla. En 1834 el Ayuntamiento decidió construir un cementerio cerca de la iglesia, aportando dinero propio y exigiendo dinero a la Cofradía del Otero. Sin embargo, el camposanto fue quedando a todas luces pequeño con el paso del tiempo, por el cual motivo en 1889 sufrió una ampliación, que había sido impulsada por el sexagenario párroco José María Álvarez Marina y Ciaño. Tan sólo diez años más tarde el cementerio volvió a sufrir un nuevo aumento, coincidiendo con la construcción de la nueva iglesia de Nuestra Señora de la Asunción a finales de siglo, siendo bendecido por el párroco José del Rosal. Un aumento más fue promovido en 1912 por el párroco Balbín y aún lo fue más en 1964, esta vez llevado a cabo por el cura Gerardo Prieto Díez de Dios.
Poco antes de entrar en la villa por “el camino de El Condado”, se encontraba una desviación hacia la iglesia, cuyo camino se sustentaba, y aún sustenta, sobre un muro de piedra, al cual incrustaron unas argollas que servirían para atar al ganado vacuno, pues ése sería el lugar elegido para las vacas. Los cerdos, en cambio, iban a tener reservada la plaza misma, no muy distante de lo que fue cárcel y juzgados. A los caballos los llevaban al conocido como “camino de San Julián”. Por último, las ovejas y las cabras acabaron siendo encerradas en un callejón estrecho, que en su día fue conocido como “la caleya de Servando” y en donde había una fuente a la que llamaban “Les Fonseques”, lugar que desde la década de 1970, cuando se soterró el río San Julián, ocupa la remodelada plaza Reciella (palabra del bable que significa “recua” o “rebaño”), más conocida como “de la cabra” (quiso la Corporación dilapidar parte del dinero público ofreciendo al artista nativo de la villa Cuco Suárez la posibilidad de colocar en la plaza la figura de una cabra, que pudiera aludir a los tiempos del antiguo mercado; es, pues, por la silueta de esta cabra la causa por la que los habitantes de la villa comenzaron a apodar así a la plaza). En cuanto al resto de productos mercantiles, la gente acudía a la Plaza Vieja a vender sus productos caseros, tales como los huevos, de donde proviene el apelativo de “la plaza del mercado de los huevos”, con el que se identificó a dicha plaza; lugar que tenía reservado un pequeño sitio para atar a las caballerías junto a la desaparecida capilla de San José y que era conocida como “la portalada” (esta capilla de San José pertenecía a la familia Álvarez Celleruelo, erigida para José Vicente por deseo de su padre, cuyo lema familiar bien pudiera ser aquél que aparece en un escudo con la inscripción que reza de esta guisa: “así debe el home ser / como debe parescer”). No obstante, la mayor cantidad de productos se podían encontrar en la Plaza Nueva (así llamada en el plano que Francisco Coello dibujó 1870). Esta plaza estaba ubicada al otro lado de la Calle de Abajo, más amplia y abierta (en 1909 esta plaza ya lleva el nombre de Plaza del Mercado; no tardaría en ser bautizada como Plaza de Fray Ceferino, aunque durante la etapa republicana se le cambió provisionalmente de nombre por el de Pablo Iglesias, según consta en documento tan tardío como de 1936). Con el tiempo, una nueva plaza, popularmente “la de los chorizos”, albergaría parte de las tiendas de los comerciantes (se trata de la Plaza de San José, santo eclesiástico que en su momento tuvo dedicada una capilla privada frente a dicha plaza, al otro lado de la calle; el nombre popular de dicha plaza hace alusión a la venta ambulante de este tipo de alimentos en los mercados de los jueves). Todo esto indica la magnitud que en su apogeo había alcanzado el mercado semanal de Pola de Laviana a finales del siglo XIX. Ya en pleno siglo XX el mercado iría transformándose poco a poco, cambiando incluso de asentamiento. Se acomodó un lugar propio para el mercado de ganado, ahora ya prácticamente vacuno, y las tiendas fueron concentrándose en torno al nuevo ayuntamiento, vaciando la antigua Plaza del Ganado, así como la Plaza Vieja. Los feriantes fueron alejándose más y más, hasta incluso despoblar “la plaza de los chorizos”. Durante unos años todo se concentró en la Plaza Fray Ceferino, en la Plaza de Armando Palacio Valdés y en la Avenida Constitución, mas esta última, tras las postreras obras ya a principios del siglo XXI, fue descartada de forma definitiva y las tiendas reubicadas en la calle Pelayo, para ser trasladas con posterioridad al propio parque.
En el siglo XIX se pueden mencionar algunos casos de luchas contra las tropas napoleónicas a su paso por la comarca, cuando éstas circulaban por la ruta de Tarna y por la de San Isidro. No obstante, la participación histórica de Laviana apenas tiene relevancia hasta que en 1823, al final del conocido como “trienio liberal” o “trienio constitucional” durante el reinado de Fernando VII, los munícipes de los concejos rurales del Nalón y del Caudal se levantan en apoyo al rey absolutista y en contra del gobierno liberal formado tan sólo hacía tres años. Poco después, en concreto en 1833, Pola de Laviana se convierte en cabeza de partido judicial, lo que le otorgará cierta preeminencia sobre los municipios limítrofes, tal vez como premio a la revuelta una década antes o simplemente por conveniencia legislativa. Un hecho menos ominoso fue el que sucedió mediada la centuria, pues que a mediados del siglo XIX Laviana vio nacer al que tal vez sea su hijo más ilustre, cuya partida de bautismo reza así: En la Iglesia Parroquial de San Juan Bautista de Entralgo a seis días del mes de octubre del año 1853, yo, el infrascrito Cura de ella bauticé solemnemente según previene el ritual romano, a un niño que nació el día 4 del mismo a las 4 y media de la tarde, llamose Armando Francisco Bonifacio, es hijo legítimo de legítimo matrimonio del Licenciado Don Silverio Palacio Cárcaba, y de Doña Eduarda Rodríguez Valdés Alas, naturales, aquél de la Parroquia de San Juan del Real de Oviedo, ésta de Entralgo, de donde son vecinos. Abuelos paternos Don Francisco y Doña Vicenta Fernández de Cárcaba, naturales, aquél de Villaviciosa, ésta de Oviedo, donde ella fue y éste es vecino. Maternos Don Francisco y Doña María Dolores Alas Carreño Valdés, difuntos, naturales aquél de Ciaño de Langreo y ésta de la villa de Avilés. Fueron padrinos, Don Bonifacio y Doña Bruna Alas Carreño Valdés, naturales de Avilés, tíos del bautizado y por hallarse ausentes hicieron sus veces Don José Marina, Párroco de Pola de Laviana, y Doña María del Rosario Palacio natural de Oviedo, tía del bautizado y a quienes advertí del parentesco y obligaciones, que no contrajo la madrina. Y para que conste fecha ut supra. –José García Montero. Oficialmente Armando Palacio Valdés nació el cuatro de octubre de 1853 en Entralgo y moriría el 29 de enero de 1938 en Madrid.

                A riesgo de errar en la apreciación, es bastante probable que el primer acuartelamiento de la Guardia Civil en Pola de Laviana haya estado situado en la zona de Cimadevilla, según se desprende de algunos documentos y planos del siglo XIX. Lo que sí está claro es que ya en el siglo XX el cuartel se situó a la vera de la Calle de Arriba, en lo que ahora es la Plaza de la Reciella. Éste fue trasladado más tarde a unos ciento cincuenta metros en la misma calle con dirección al Condado; cuartel que fue asaltado durante la revolución minera de octubre de 1934, aunque, a diferencia de otras acciones llevadas a cabo en el resto de la cuenca, parece ser que el asalto se llevó a cabo sin violencia alguna. El cuartel no contó con línea telefónica hasta 1928, año en que también lo instaló el propio Ayuntamiento. Una vez finiquitada la guerra civil, el cuartel fue trasladado a las afueras de la villa en el margen derecho de la carretera Avilés-Tarna. De ninguna de estas tres ubicaciones queda resto alguno, demolidos los edificios y reaprovechado el terreno con nuevas edificaciones civiles. El último destino del cuartel se sitúa en la confluencia de las calles Río Cares y Asturias, cuyos terrenos fueron adquiridos en 1977 con vistas a la construcción de un “nuevo cuartel con casa y cuadras”, cuyos trabajos se iniciaron en 1982.

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