La Puebla
de Flaviana era, sin duda, un lugar de tránsito, lo que le llevó a un
crecimiento demográfico insignificante; a pesar de ello, gozó de cierta
distinción en el entorno agrario, puesto que poseía notario, herrero,
carpintero, etc. Además de su dependencia del monasterio ovetense arriba citado,
poseía cotos señores, como el de
Villoria, a quien se le tributaba el diezmo correspondiente. Con la llegada al
poder de Felipe II, algunos de estos cotos pasaron a formar parte del concejo
lavianés al ser desamortizados, como le ocurrió al de Entralgo (el nombre de "Entralgo" proviene del
término latino intra-aticum, que era
empleado para referirse a un lugar en donde se producía la entrada o la
desembocadura de una corriente fluvial; en este caso, la locución se refiere a
la desembocadura del río Molinera, también llamado Villoria, en el Nalón); en el siglo XVIII tan
sólo quedaban dos cotos independientes: el de Tiraña y el de Villoria (habrá
que esperar hasta 1826 para que estos dos cotos se incorporen de forma
definitiva a la administración de Laviana). El concejo tuvo sus encuentros con
diversos vecinos desde tiempos medievales, como los acaecidos alrededor del
siglo XV; a finales de este siglo Laviana y Lena, junto con la abadía de Arbas,
se enfrentan a Aller debido a un conflicto surgido por el aprovechamiento de
los pastos de montaña, lo que demuestra la importancia de la explotación pecuaria
en este tipo de concejos (y cuyas polémicas aún persisten hoy en día, si bien
con algunos nuevos matices). Se debe mencionar, aunque sea de pasada, la
autoridad del linaje de los Bernaldo de Quirós (cuya área de influencia
abarcaba Lena y Laviana), ya en años tan tempranos como principios del siglo
XVII, que, junto a los Caso Sorribas, poseían una situación preeminente en la
Junta General del Principado. Precisamente de ahí proviene el lema que aparece
en el escudo lavianés: “después de Dios la casa de Quirós”.
Entre los
siglos XV y XVI se sitúa la construcción de una iglesia en los límites de La Pola,
cuya advocación fue de Santa María del Otero, con planta de cruz latina (el
retablo interior, sin embargo, está fechado en la primera mitad del siglo XVII, el cual fue dorado por primera vez en 1664 y
en una segunda ocasión en 1757). En cuanto a la
talla, la imagen de Nuestra Señora del Otero se ha datado a principios del
siglo XVII, aunque la primera noticia segura sobre ella proviene de mediados:
1654 (en 1956 fue restaurada, perdiendo la expresión de su rostro parte del
atractivo original); al parecer, en tiempos anteriores a 1895 la titularidad de
la imagen era simplemente la de Santa María. Por lo que se refiere a su
devoción, en 1681 ya existía en la parroquia del Otero una Capellanía, lo que
nos lleva a pensar que la procesión nocturna durante las fiestas de la Asunción
es bastante antigua. Ahora bien, la festividad como tal de la parroquia, la que
celebra la ascensión de la Virgen María a los cielos, fue establecida de forma
definitiva por el párroco José del Rosal Areces, justo el día en que colocó la
primera piedra para la construcción del nuevo templo, el día 15 de agosto de
1895. Unos de los documentos más antiguos pertenecientes a la parroquia son los
libros del Archivo Parroquial Libro de
Fábrica de la Iglesia Parroquial de Santa María del Otero, de Laviana, que
principia en 1680 y termina en 1778… Encuadernado por el actual Párroco Don
José Álvarez Marina, el 31 de agosto de 1866; sin embargo, no “principia”
en 1860, sino veinte años antes.
En 1776 los munícipes solicitaron al rey un permiso para establecer un
mercado semanal, donde realizar la compra-venta de ganados, productos agrícolas
y productos textiles, entre otros productos; lo curioso es que el lugar elegido
no fue la capital, sino Lorío, que en aquellos años tal vez fuera el núcleo
parroquial más importante del municipio (su nombre proviene del término latino
laurus [laurel], que fue
tamizado por la lengua provenzal para convertirse en laurier, de ahí evolucionó a llaureu*
y finalmente Lorío; es curioso que esta palabra con raíz indoeuropea daurus esté relacionada con el término
“druida” [tienen la misma raíz dru-*]).
El caso es que la concesión real tardó justamente diez años en llegar y
con él vino un cambio sustancial: se concedía el mercado semanal, pero éste
debía tener lugar en Pola de Laviana y no en Lorío. La zona que se eligió para
establecer el mercado en la villa fue a las afueras, entre la población y la
iglesia de Nuestra Señora del Otero. De este modo, las casas quedaban separadas
del recinto ferial por el río San Julián, también llamado “de la Rebollada”.
Así fue cómo surgió la Plaza del Mercado, más tarde conocida como Plaza del
Ganado (por ser donde se concentraba éste), en la actualidad Plaza de la
Pontona (nombre derivado de los pontones que se utilizaban para cruzar el río
San Julián). Ya a mediados del siglo XIX dicha plaza se había consolidado como
tal, sirviendo para reunir en torno a ella al diverso ganado. No es de extrañar,
pues, que la villa creciera en esa dirección hasta llegar a engullir el
mercado. Tal llegó a ser con los años el número y la variedad de reses, recuas
y rebaños, que en épocas ya más recientes hubo de ser repartido el espacio de
forma más homogénea.
Hasta
finales del siglo XVIII los enterramientos se producían dentro de los templos
religiosos, si es que las familias podían pagar por ello, pues se exigía cierta
cantidad según el sitio elegido, bien sea bajo la capilla mayor, bajo el cuerpo
de la iglesia o, simplemente, fuera de la capilla. En 1834 el Ayuntamiento
decidió construir un cementerio cerca de la iglesia, aportando dinero propio y
exigiendo dinero a la Cofradía del Otero. Sin embargo, el camposanto fue
quedando a todas luces pequeño con el paso del tiempo, por el cual motivo en
1889 sufrió una ampliación, que había sido impulsada por el sexagenario párroco
José María Álvarez Marina y Ciaño. Tan sólo diez años más tarde el cementerio
volvió a sufrir un nuevo aumento, coincidiendo con la construcción de la nueva
iglesia de Nuestra Señora de la Asunción a finales de siglo, siendo bendecido
por el párroco José del Rosal. Un aumento más fue promovido en 1912 por el
párroco Balbín y aún lo fue más en 1964, esta vez llevado a cabo por el cura Gerardo
Prieto Díez de Dios.
Poco antes de entrar en la villa por “el camino de El Condado”, se
encontraba una desviación hacia la iglesia, cuyo camino se sustentaba, y aún
sustenta, sobre un muro de piedra, al cual incrustaron unas argollas que
servirían para atar al ganado vacuno, pues ése sería el lugar elegido para las
vacas. Los cerdos, en cambio, iban a tener reservada la plaza misma, no muy
distante de lo que fue cárcel y juzgados. A los caballos los llevaban al
conocido como “camino de San Julián”. Por último, las ovejas y las cabras
acabaron siendo encerradas en un callejón estrecho, que en su día fue conocido
como “la caleya de Servando” y en donde había una fuente a la que llamaban “Les
Fonseques”, lugar que desde la década de 1970, cuando se soterró el río San
Julián, ocupa la remodelada plaza Reciella (palabra del bable que significa
“recua” o “rebaño”), más conocida como “de la cabra” (quiso la Corporación
dilapidar parte del dinero público ofreciendo al artista nativo de la villa
Cuco Suárez la posibilidad de colocar en la plaza la figura de una cabra, que
pudiera aludir a los tiempos del antiguo mercado; es, pues, por la silueta de
esta cabra la causa por la que los habitantes de la villa comenzaron a apodar
así a la plaza). En cuanto al resto de productos mercantiles, la gente acudía a
la Plaza Vieja a vender sus productos caseros, tales como los huevos, de donde
proviene el apelativo de “la plaza del mercado de los huevos”, con el que se
identificó a dicha plaza; lugar que tenía reservado un pequeño sitio para atar
a las caballerías junto a la desaparecida capilla de San José y que era
conocida como “la portalada” (esta capilla de San José pertenecía a la familia Álvarez
Celleruelo, erigida para José Vicente por deseo de su padre, cuyo lema familiar
bien pudiera ser aquél que aparece en un escudo con la inscripción que reza de
esta guisa: “así debe el home ser / como debe parescer”). No obstante,
la mayor cantidad de productos se podían encontrar en la Plaza Nueva (así llamada
en el plano que Francisco Coello dibujó 1870). Esta plaza estaba ubicada al
otro lado de la Calle de Abajo, más amplia y abierta (en 1909 esta plaza ya
lleva el nombre de Plaza del Mercado; no tardaría en ser bautizada como Plaza
de Fray Ceferino, aunque durante la etapa republicana se le cambió
provisionalmente de nombre por el de Pablo Iglesias, según consta en documento
tan tardío como de 1936). Con el tiempo, una nueva plaza, popularmente “la de
los chorizos”, albergaría parte de las tiendas de los comerciantes (se trata de
la Plaza de San José, santo eclesiástico que en su momento tuvo dedicada una
capilla privada frente a dicha plaza, al otro lado de la calle; el nombre
popular de dicha plaza hace alusión a la venta ambulante de este tipo de
alimentos en los mercados de los jueves). Todo esto indica la magnitud que en
su apogeo había alcanzado el mercado semanal de Pola de Laviana a finales del
siglo XIX. Ya en pleno siglo XX el mercado iría transformándose poco a poco,
cambiando incluso de asentamiento. Se acomodó un lugar propio para el mercado
de ganado, ahora ya prácticamente vacuno, y las tiendas fueron concentrándose
en torno al nuevo ayuntamiento, vaciando la antigua Plaza del Ganado, así como
la Plaza Vieja. Los feriantes fueron alejándose más y más, hasta incluso
despoblar “la plaza de los chorizos”. Durante unos años todo se concentró en la
Plaza Fray Ceferino, en la Plaza de Armando Palacio Valdés y en la Avenida
Constitución, mas esta última, tras las postreras obras ya a principios del
siglo XXI, fue descartada de forma definitiva y las tiendas reubicadas en la
calle Pelayo, para ser trasladas con posterioridad al propio parque.
En el siglo
XIX se pueden mencionar algunos casos de luchas contra las tropas napoleónicas
a su paso por la comarca, cuando éstas circulaban por la ruta de Tarna y por la
de San Isidro. No obstante, la participación histórica de Laviana apenas tiene
relevancia hasta que en 1823, al final del conocido como “trienio liberal” o
“trienio constitucional” durante el reinado de Fernando VII, los munícipes de
los concejos rurales del Nalón y del Caudal se levantan en apoyo al rey
absolutista y en contra del gobierno liberal formado tan sólo hacía tres años. Poco después, en concreto en 1833, Pola de Laviana se
convierte en cabeza de partido judicial, lo que le otorgará cierta preeminencia
sobre los municipios limítrofes, tal vez como premio a la revuelta una década
antes o simplemente por conveniencia legislativa. Un hecho menos ominoso fue el
que sucedió mediada la centuria, pues que a mediados del siglo XIX Laviana vio nacer al que tal
vez sea su hijo más ilustre, cuya partida de bautismo reza así: En la Iglesia Parroquial de San Juan
Bautista de Entralgo a seis días del mes de octubre del año 1853, yo, el
infrascrito Cura de ella bauticé solemnemente según previene el ritual romano,
a un niño que nació el día 4 del mismo a las 4 y media de la tarde, llamose
Armando Francisco Bonifacio, es hijo legítimo de legítimo matrimonio del
Licenciado Don Silverio Palacio Cárcaba, y de Doña Eduarda Rodríguez Valdés
Alas, naturales, aquél de la Parroquia de San Juan del Real de Oviedo, ésta de
Entralgo, de donde son vecinos. Abuelos paternos Don Francisco y Doña Vicenta
Fernández de Cárcaba, naturales, aquél de Villaviciosa, ésta de Oviedo, donde
ella fue y éste es vecino. Maternos Don Francisco y Doña María Dolores Alas
Carreño Valdés, difuntos, naturales aquél de Ciaño de Langreo y ésta de la
villa de Avilés. Fueron padrinos, Don Bonifacio y Doña Bruna Alas Carreño
Valdés, naturales de Avilés, tíos del bautizado y por hallarse ausentes hicieron
sus veces Don José Marina, Párroco de Pola de Laviana, y Doña María del Rosario
Palacio natural de Oviedo, tía del bautizado y a quienes advertí del parentesco
y obligaciones, que no contrajo la madrina. Y para que conste fecha ut supra.
–José García Montero. Oficialmente Armando Palacio Valdés nació el cuatro
de octubre de 1853 en Entralgo y moriría el 29 de enero de 1938 en Madrid.
A riesgo de errar en la
apreciación, es bastante probable que el primer acuartelamiento de la Guardia
Civil en Pola de Laviana haya estado situado en la zona de Cimadevilla, según
se desprende de algunos documentos y planos del siglo XIX. Lo que sí está claro
es que ya en el siglo XX el cuartel se situó a la vera de la Calle de Arriba, en lo que ahora es la Plaza de la Reciella. Éste fue trasladado más tarde a unos ciento cincuenta metros en la misma
calle con dirección al Condado; cuartel que fue asaltado durante la revolución
minera de octubre de 1934, aunque, a diferencia de otras acciones llevadas a
cabo en el resto de la cuenca, parece ser que el asalto se llevó a cabo sin
violencia alguna. El cuartel no contó con línea telefónica hasta 1928, año en
que también lo instaló el propio Ayuntamiento. Una vez finiquitada la guerra
civil, el cuartel fue trasladado a las afueras de la villa en el margen derecho
de la carretera Avilés-Tarna. De ninguna de estas tres ubicaciones queda resto
alguno, demolidos los edificios y reaprovechado el terreno con nuevas
edificaciones civiles. El último destino del cuartel se sitúa en la confluencia
de las calles Río Cares y Asturias, cuyos terrenos fueron adquiridos en 1977
con vistas a la construcción de un “nuevo cuartel con casa y cuadras”, cuyos
trabajos se iniciaron en 1982.
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