Un hecho
importante para el desarrollo de la comarca fue la llegada del tren, primero a
Sama de Langreo el día dos de julio de 1856, para posteriormente extender la
red ferroviaria hasta Pola de Laviana, lo cual potenciará el desarrollo
industrial y minero del municipio en detrimento de una sociedad rural que se
había mantenido viva durante varios siglos, uno de cuyos inconvenientes fue la
crisis de 1834, cuando la falta de alimentos amenazó gravemente a los
munícipes.
El ferrocarril de Langreo comenzó a construirse en 1845 y se inauguró en 1852
con una línea entre Gijón y Sama y una concesión de 99 años, estando exento de
impuestos y permisos. Una de sus primeras finalidades fue la de transportar el
carbón de la cuenca hacia la costa marítima, hasta entonces realizada la labor
por medio de carros tirados por bueyes, en cuyo trayecto se demoraban tres días
hasta llegar al puerto (otro medio de transporte fue en chalupas por el río
Nalón desde la propia Sama, pues entonces dicho río aún era navegable). La producción
carbonífera, pues, aumentó en la producción y en los beneficios, gracias
principalmente a una de aquellas sociedades mineras instaladas en la zona, la
conocida como “Coto Musel”. En 1876 el empresario vasco Jorge Martínez
de las Rivas inició la explotación del carbón con la susodicha Coto Musel, sociedad dirigida por
Juan Galdolfi y que dará un impulso inusitado a la explotación carbonífera de
Laviana, modelando en parte las estructuras urbanísticas del núcleo
poblacional. No sólo suponía un paso adelante en el trabajo, sino
también en las infraestructuras necesarias para la explotación carbonífera,
todo lo cual llevaba a una reorganización urbana que vio cómo el suelo de Pola
de Laviana era reconquistado por nuevos edificios, esta vez erigidos por medio
de planes más o menos acertados. Los estudios para la mejora de las
comunicaciones mineras comenzaron en 1890 y un año después (a finales de
octubre de 1891) ya se estaba construyendo un puente sobre el Nalón en la zona
de El Sutu, a través del cual pasarían las dos locomotoras que habrían de
transportar el carbón, y cuyo término se cumplió en tan sólo un mes de obras (la explotación cerrará
sus puertas en 1972, tras haber sido absorbida por HUNOSA un par de años antes).
Estos avances en la riqueza y comunicación del municipio iban a contribuir al
avance lavianés desde otra perspectiva, pues con ello aumentaría el número de
visitantes a las ferias ganaderas que se venían celebrando a principios de
octubre y que llegaron a considerarse las mejores de Asturias, tras las de
Siero. Así, no es de extrañar que en 1866 se instalaran las cuatro primeras
farolas, iniciando de este modo el alumbrado público de la villa. Estas ferias
de ganado se verían interrumpidas en 1935 y no sería hasta 1962 que volverían a
celebrarse.
Fue, pues, en aquellos años de finales del siglo XIX y principios del
siglo XX cuando la minería se hace extensiva trayendo consigo el desarrollo
industrial y comercial. El gran impulso lo recibió en 1876, momento en que el
empresario vasco Jorge Martínez de las Rivas inició la explotación de la mina
conocida como Coto Musel.
El avance
industrial apenas se vio interrumpido a finales del siglo XIX por un conflicto
que afectaría más a provincias vecinas y muy poco a las zonas rurales del
Nalón. En los primeros años de la década de 1870, en el inicio de la tercera
guerra carlista, en Laviana se formó una partida que no sólo no supuso peligro
alguno desde el punto de vista militar, sino que ni siquiera consiguió
soliviantar a los campesinos para que dejasen de pagar los impuestos. De sus
“hazañas” apenas habla la destrucción de los archivos del ayuntamiento.
En Pola de Laviana han
estado centralizados no sólo la cárcel, sino también los Juzgados de toda la
cuenca alta del Nalón, así como de la cuenca minera hasta el concejo de Langreo.
En el año 1745 regía los destinos del cabildo de Laviana Bernardo Antonio
Suárez Menéndez; durante su mandato fue construido un edificio en la Plaza
Vieja destinado a albergar un juzgado desde donde impartir la justicia a todo
el alfoz (el nombre de la plaza consta en un plano de 1870; a principios del
siglo XX se cambió el nombre de Plaza por el de la Constitución, y como tal
aparece en un documento fechado en 1905; finalmente recibirá el nombre de
Maximiliano Arboleya, que ya lo era en 1951; es de destacar que en esta plaza
había una fuente pública de cierta popularidad). Al menos a partir de 1777 este mismo edificio fue utilizado
también como sede del consistorio, permaneciendo en él el alcalde y demás
corporación hasta la década de 1870, momento en que se trasladó a un edificio
de la Plaza del Ganado (esta plaza era con anterioridad un terreno aledaño a la
pequeña villa que sirvió, no obstante, de plazuela “extramuros” y que, al verse
las otras dos plazas desbordadas en días de mercado, ésta acabó recibiendo la
ganadería; en la actualidad su denominación es Plaza de La Pontona). Por
supuesto, las dependencias del Juzgado también fueron trasladas a este mismo
edifico, quedando abandonado el de la Plaza Vieja. Fue precisamente en estos Juzgados donde a principios del siglo XX
ejerció como juez María José Fueyo Mateo, natural de Langreo, y que pasa por
ser la primera mujer en Asturias que desempeñó esta función. En 1925 se
acometieron ciertas reformas en el inmueble, al final de las cuales quedó
instalada en él la nueva cárcel. Más de un siglo después de habérsela
concedido, en 1893 se retiró a Laviana la potestad de ejercer la
jurisprudencia, siendo cerradas las puertas del Juzgado y pasando sus labores a
la misma ciudad de Oviedo; sin embargo, esta medida fue anulada tres años
después y Laviana volvió a contar con Juzgado en 1896. En 1905 se inauguró el
nuevo edificio destinado a recibir a la corporación municipal en lo que era
conocido como “campo de San Miguel”, por la capilla que allí se levantaba,
próxima a la finca conocida entonces como “la huertona”, propiedad que era de
Mariano Menéndez Valdés. El Juzgado, por su parte, acabaría por ser
encasquetado en Fontoria a principios de la década de 2010, casi dos décadas
después de haber sido derruido el edificio de La Pontona, pues el 27 de marzo
de 1991 se inauguró en ese antiguo solar la Casa de la Cultura (tras haber
procedido al derribo del inmueble), la cual, a su vez, sería remodelada de nuevo
a principios del siglo XXI. En
cuanto al nombre actual de plaza de La Pontona, cabe destacar que se debe a los
pontones que en su momento se utilizaron para salvar la corriente del río San
Julián, soterrado en la actualidad a lo largo de todo su tránsito por la Pola. El
río San Julián, también conocido como de La Rebollada, cruza la población de
este a oeste hasta desembocar en el río Nalón. Esta situación le colocó durante
mucho tiempo como frontera para edificar, aunque, según iba creciendo la villa,
las casas y los nuevos edificios acabaron por engullir al río. Así pues, para
comunicar las dos partes de la población se colocó un pontón de piedra en el
“camino del Condado” (luego la Calle de Arriba y en la actualidad la
popularmente llamada “Calle Trás”), de donde viene, como se ha dicho, el nombre
de La Pontona.
Hacia 1884 la industrialización llegó al
pueblo de El Condado de la mano de la empresa Sociedad Romero Díaz y Compañía,
procedente de Madrid, la cual se instaló en lo que hoy se conoce como Cimalavilla.
Esta empresa extraía el cobre del otro lado del río, en las inmediaciones del
monte Llampaces, y lo transportaba por cable aéreo hasta la fábrica situada en
Cimalavilla, donde se fundía el metal. La fábrica en sí contaba ya con la ayuda
de la electricidad, lo cual la situaba entre las primeras experiencias de este
tipo en todo el territorio nacional. Cuando, ya en el siglo XX, cerró la
fábrica, el edifico fue aprovechado como estación del tren entre Pola de
Laviana y Rioseco. Fue la llegada del tren y la mejora de la carretera lo que
propició a mediados del siglo XX la mayor afluencia turística al lugar,
aprovechando los terrenos y las instalaciones de la zona conocida como El
Cañal, la cual se convertiría, al igual que ocurriera en La Chalana, en zona de
baños muy visitada, no sólo para esta práctica, sino también para pasar una
tarde de merienda en los prados contiguos.
Parecía que el municipio se
enganchaba definitivamente al tren de la modernidad, así que era lógico pensar
que todo ello se reflejaría en su capital. Sin embargo, no se produjo un salto
de forma tan repentina como cabría esperar. De todas formas, en 1890 la
villa podía contar ya con aceras, con una calle ancha y espaciosa como era la
Calle de Abajo, varias farolas con soporte de hierro, y el blanqueado y aseo de
las fachadas de la mayoría de los edificios; incluso en una fecha tan tardía
como 1933, José Pandiella menciona la cifra de cuarenta farolas de petróleo que
se apagaban hacia las nueve y media de la tarde, una vez que llegaba el último
tren a la estación. Con fecha de 15 de agosto de 1892 aparece una reseña en El
porvenir de Laviana, en la que se menciona un estudio sobre los costes para
esta mejora. La comunicación con Oviedo a través del correo postal podía
prolongarse durante días, incluso una semana entera. En cuanto al alcantarillado,
sencillamente no existía; habrá que aguardar hasta el primer cuarto del siglo
XX para que se lleve a efecto el tan necesario alcantarillado (en 1921 se
afrontó el de la Calle de Arriba, la popular Calle de Atrás), aprovechando lo
cual se levantó un lavadero público. El dentista con quien contaban los
habitantes era una médico que acudía al mercado de los jueves, se sentaba en
una silla y, armado con unas tenazas y sus rodillas, arrancaba los dientes
malsanos de los sufridos pacientes. Otra innovación que se implantó en la villa fue el alumbrado eléctrico: en los
albores del siglo XX (hacia 1901) Francisco Alonso llevó a cabo la construcción
de una central eléctrica en La Coaña, zona limítrofe con La Pola; en un
principio sirvió para suministrar corriente al alumbrado público, pero después
también proveyó al privado. Por lo demás, las plazas del Ganado (en la
actualidad de la Pontona), de la Bolera (en la actualidad de la Encarnación) y
la Vieja (en la actualidad de Maximiliano Arboleya), parecían insuficientes
para lo que aparentaba ser la modernización de la localidad, a pesar de que la
plaza Nueva (en la actualidad de Fray Ceferino) venía a suplir algunas
carencias.
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