domingo, 2 de octubre de 2016

PROYECCIÓN URBANÍSTICA

Durante los años de construcción de la iglesia ya se adivinaba la tendencia urbanística, aprovechando la llanura que quedaba en el margen derecho del río Nalón. Así pues, en 1905 se inauguraba el nuevo edificio del Ayuntamiento, que reemplazaba al antiguo de la Plaza del Mercado, el cual, a su vez, había reemplazado a otro más antiguo, ya muy mermado y que estuvo situado en la Plaza de la Bolera (con ese nombre aparece en un plano de 1870, albergando la fuente llamada “el Fonticu”), más tarde Plaza del Sol (así renombrada hacia 1909), y ahora de la Encarnación. La propuesta para esta nueva edificación había surgido en 1903 y el entonces regidor había calculado una cifra de cien mil pesetas para llevar a cabo las obras, aunque finalmente hubo de conformarse con la mitad, dinero que fue prestado por el cabildo a un bajo interés. Para que estos dos edificios, la iglesia y la casa consistorial, estuvieran conectados entre sí y no fueran tierras baldías las que mediaran entre ellos, se proyectó una avenida, que pronto se llevaría a cabo, vertebrando, de esta forma, junto con la Plaza del Ganado, después conocida como de la Pontona, un triángulo dentro del cual se situaba el centro urbano y social de la villa. La plaza de este nuevo ayuntamiento lleva por nombre al más ilustre de los munícipes, Armando Palacio Valdés, aunque para ver su busto en mitad de ella habría que esperar hasta 1953, año en que se le dio dicho nombre a la plaza por ser el centenario de su nacimiento; de todas formas, dicho busto fue “eliminado” de la plaza con posterioridad. El lugar elegido para la ubicación de la alcaldía era el que había sido ocupado previamente por la capilla de San Miguel. El arquitecto encargado de plasmar sobre el papel el nuevo edificio fue Mariano Marín, siendo alcalde por entonces Segundo Álvarez, aunque quien ostentaba el cargo el día de la inauguración fue Benito Menéndez.
                A un lado de la avenida arriba indicada quedaba una ería que llegaba hasta las márgenes del río Nalón, mientras por el lado opuesto la urbe iría ensanchándose hasta llegar a conformar un todo. Sin embargo, la ería fue rescatada de la inacción y allí se plantó un parque, cuya extensión no llegó a cubrir la que aparecía en el proyecto prístino. Lindando entre el parque y la avenida, se situaron con el tiempo una bolera y un edificio que albergaba el “Hogar del Productor” (también conocido como “La Sindical”), cerca de la cual se había construido “la casa del pueblo” (en realidad, se trataba de la remodelación del chalet de un indiano, de nombre Benito, venido de las “Américas”). Más tarde se llevaría a cabo la instalación de una pista deportiva, “Joaquín Blume”, que rememora al mejor gimnasta español que ha dado la historia. Después de la guerra civil, la avenida recibió el nombre de “18 de julio”, pasando a llamarse, con la llegada de la democracia, “de la Constitución”. A lo largo de su corta vida la avenida hubo de padecer varias remodelaciones, una de cuyas transformaciones más notables fue su urbanización, aprobada en 1953 y acaecida en los años posteriores. La última de estas modificaciones se realizó entre los años 2009 y 2010, creando a su lado la Plaza de los Ayuntamientos Democráticos, justo en el solar en donde estuvo la Sindical, edificio que quedó abandonado tras la llegada de la Democracia y que acabó medio en ruinas y, finalmente, incendiado; este lugar fue el elegido para situar el fallido experimento conocido por los munícipes como “el ovni”, y que no es otra cosa que un quiosco musical basado en el hierro y el hormigón.
                El 27 de septiembre de 1903 y siendo alcalde de Laviana Benito Menéndez, se publica un Real Decreto en el que el municipio recibe un pequeño título, por otro lado concedido a todos los Ayuntamientos, reflejado en el siguiente párrafo: “Queriendo dar una prueba de Mi Real aprecio á la villa de Laviana, provincia de Oviedo, y, teniendo en cuenta su antigüedad, aumento de población é importancia agrícola y desarrollo de la instrucción pública, así como su constante adhesión á la Monarquía española, su antigüedad como Municipio puesto que figuraba como tal reinando D. Juan II y el haber concurrido en 1504 á la Junta General del Principado de Asturias, Vengo en conceder á su Municipio el tratamiento de Excelencia.
Dado en San Sebastián á veinte de Septiembre de mil novecientos tres –Alfonso- El Ministro de la Gobernación, ANTONIO GARCÍA ALIX”.
Fue ése el año de la reforma de la memorable Fuente de los Corrales. Aparte, por supuesto, de los dos ríos, tal vez sea la Fuente de Los Corrales el más significativo ejemplo del aprovechamiento de los recursos acuáticos. No sólo servía como abastecedora de agua, sino que en su momento fue el límite poblacional de la villa, si bien es cierto que ya a principios del siglo XX se rebasó dicha frontera. Una de sus reparaciones más urgentes y que la dotó del aspecto actual fue la que se realizó en 1903. Una segunda fuente tradicional y renombrada de Pola de Laviana ha sido, y es, la Fuente de La Salud. Cercana a la de Los Corrales, a esta fuente solían acudir los habitantes de la Pola por su agua fresca y saludable, aunque su aprovechamiento como tal fue posterior a la arriba mencionada, dado que en un principio apenas suponía un manantial. Por desgracia, las obras llevadas a cabo por la corporación lavianesa casi acaba con su potabilidad en 1983 (se trasladó hasta “las escaleronas”), y cerca anduvo de acabar también con la propia fuente, de la cual sólo queda un caño incrustado en un muro merced a una rehabilitación posterior.
Mientras tanto, la minería empujaba a los munícipes a abandonar el campo, mal pagado y con poco futuro, hacia el carbón, más sacrificado, pero mejor remunerado. Así, la capital del concejo va incrementando el número de residentes, lo que obliga a nuevas construcciones. Con el aumento poblacional la villa se expande en dirección hacia el río, ocupando zonas más llanas. Al parecer hacia el año 1927, cuenta José María Jove y Canella, los 1.170 obreros de la minería eran capaces de producir unas 210.000 toneladas de carbón de hulla al año. Esa ingente cantidad para tan pocos obreros con medios no muy avanzados, debía de tener un transporte que la sacara al mercado nacional, al menos desde la cuenca hasta Gijón. Parte de ese transporte tuvo nombre propio en Laviana: La Campurra. Todo comenzó una década antes, en 1917; ese año Cándido Blanco Valera, natural de un caserío de Tiraña conocido como El Campurru, consiguió la concesión de “un tranvía de sangre desde la estación de Laviana al camino de Lorío”, con la intención de enlazarlo más tarde con el concejo de San Martín del Rey Aurelio. Mediante este medio el empresario lavianés, que residía por aquel entonces en Gijón, trasladaría el carbón desde sus minas hasta el lavadero de Pola de Laviana, ubicado en la zona conocida como Fontoria, y que pertenecía a la firma francesa Charbonnages Laviana. Por paradójico que pudiere parecer visto desde la actualidad, aquel trenillo funcionaba con tracción animal (tranvía de sangre), pues una mula se encargaba de empujar los vagones. En 1919 un deceso empañó el transporte; un niño fue atropellado por uno de estos vagones. Al momento, el alcalde, que en aquellos años era Gaspar García Jove, suspendió el servicio hasta que se mejorasen las medidas de seguridad o, al menos, las condiciones exigidas en 1917 y que, según se da a entender, brillaban por su ausencia. Entre pliegos y dimes y diretes, Cándido Blanco obtuvo el permiso para continuar usando el tren, esta vez tirado por una máquina a vapor, que pronto fue conocida por “La Campurra” (cuyo seudónimo se aplicaría a todas las posteriores máquinas que habrían de sustituir a ésta), haciendo mención a la procedencia de su dueño; la inauguración oficial tuvo lugar el 15 de agosto de 1921. Casi diez años después, sin embargo, Cándido vendió todos su derechos a la empresa barcelonesa Cementos Fradera (del nombre del empresario José Fradera Camps), por lo que a la máquina de vapor también se la denominaba, de cuando en cuando, “La Catalana”. Unos meses después de su nacimiento oficial, La Campurra inició su recorrido hasta Rioseco trasladando pasajeros, si bien una de sus condiciones, por curiosa, era la de no rebasar los 8 kilómetros por hora en velocidad. Y así estuvo funcionando el trenillo hasta que en la década de los ’60  comenzó su declive, primero con el cierre de las minas de las que transportaba el carbón (1967) y un año más tarde con la clausura del tráfico de viajeros. En cuanto a la empresa catalana-francesa Cementos Fradera adquirió y abrió pozos mineros por toda la comarca, extendiendo la minería por el valle; por ejemplo, en 1927 comenzó a explotar varios yacimientos en las inmediaciones de Ribota, cuyo centro productivo (Grupo Ribota) se cerró en 1967, dando fin a la minería en tal lugar.

Aunque es cierto que la minería del carbón aupó al concejo, en realidad a toda la comarca, a una sociedad más industrializada, también fue causante de ciertos desajustes. Un ejemplo fue lo acaecido a L'Agüeria, un río de cierta importancia para los habitantes del valle que conforma dicho cauce, al menos hasta el primer tercio del siglo XX: sus aguas fueron aprovechadas por cuatro molinos y un batán. Con la llegada de la minería, en concreto con las explotaciones de la empresa Coto Musel, las escombreras, los planos y las bocaminas fueron cortando los acuíferos que vertían sus aguas al río y éste comenzó a sufrir las consecuencias con una importante merma de caudal. Las minas de carbón también trajeron dolor y luto a la comarca; por ejemplo en 1924 se produjo uno de los muchos accidentes mortales que el carbón se cobraría a lo largo de los años, el cual tuvo lugar en Rimoria, en el Pozo Carrio, con varios muertos. Este pozo minero comenzó a ser explotado en 1890 por la Sociedad Santa Ana y ocho años más tarde se tendió el cable que va de Serramplín hasta Argayón. En 1905 el pozo pasó al poder de los Hermanos Felgueroso, que un año después ampliarían el negocio abriendo la  explotación del Pozo Barredos. El puente atirantado sobre el río Nalón erigido a principios de este siglo XX fue mejorado con el puente de hierro, obra de Duro Felguera para el transporte del carbón. En 1940 el Pozo Carrio era propiedad de la empresa Duro Felguera, la cual lo mantuvo como suyo hasta que en 1960 fue adquirido por Hulleras del Norte: HUNOSA.

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