Durante los
años de construcción de la iglesia ya se adivinaba la tendencia urbanística,
aprovechando la llanura que quedaba en el margen derecho del río Nalón. Así
pues, en 1905 se inauguraba el nuevo edificio del Ayuntamiento, que
reemplazaba al antiguo de la Plaza del Mercado, el cual, a su vez, había
reemplazado a otro más antiguo, ya muy mermado y que estuvo situado en la Plaza
de la Bolera (con ese nombre aparece en un plano de 1870, albergando la fuente
llamada “el Fonticu”), más tarde Plaza del Sol (así renombrada hacia 1909), y ahora
de la Encarnación. La propuesta para esta nueva edificación había surgido en
1903 y el entonces regidor había calculado una cifra de cien mil pesetas para
llevar a cabo las obras, aunque finalmente hubo de conformarse con la mitad,
dinero que fue prestado por el cabildo a un bajo interés. Para que estos dos
edificios, la iglesia y la casa consistorial, estuvieran conectados entre sí y
no fueran tierras baldías las que mediaran entre ellos, se proyectó una
avenida, que pronto se llevaría a cabo, vertebrando, de esta forma, junto con
la Plaza del Ganado, después conocida como de la Pontona, un triángulo dentro
del cual se situaba el centro urbano y social de la villa. La plaza de este nuevo
ayuntamiento lleva por nombre al más ilustre de los munícipes, Armando Palacio
Valdés, aunque para ver su busto en mitad de ella habría que esperar hasta
1953, año en que se le dio dicho nombre a la plaza por ser el centenario de su
nacimiento; de todas formas, dicho busto fue “eliminado” de la plaza con
posterioridad. El lugar elegido para la ubicación de la alcaldía era el que había sido
ocupado previamente por la capilla de San Miguel. El arquitecto encargado de
plasmar sobre el papel el nuevo edificio fue Mariano Marín, siendo alcalde por
entonces Segundo Álvarez, aunque quien ostentaba el cargo el día de la
inauguración fue Benito Menéndez.
A
un lado de la avenida arriba indicada quedaba una ería que llegaba hasta las
márgenes del río Nalón, mientras por el lado opuesto la urbe iría ensanchándose
hasta llegar a conformar un todo. Sin embargo, la ería fue rescatada de la
inacción y allí se plantó un parque, cuya extensión no llegó a cubrir la que
aparecía en el proyecto prístino. Lindando entre el parque y la avenida, se
situaron con el tiempo una bolera y un edificio que albergaba el “Hogar del
Productor” (también conocido como “La Sindical”), cerca de la cual se había
construido “la casa del pueblo” (en realidad, se trataba de la remodelación del
chalet de un indiano, de nombre Benito, venido de las “Américas”). Más tarde se
llevaría a cabo la instalación de una pista deportiva, “Joaquín Blume”, que
rememora al mejor gimnasta español que ha dado la historia. Después de la
guerra civil, la avenida recibió el nombre de “18 de julio”, pasando a
llamarse, con la llegada de la democracia, “de la Constitución”. A lo largo de
su corta vida la avenida hubo de padecer varias remodelaciones, una de cuyas
transformaciones más notables fue su urbanización, aprobada en 1953 y acaecida
en los años posteriores. La última de estas modificaciones se realizó entre los
años 2009 y 2010, creando a su lado la Plaza de los Ayuntamientos Democráticos,
justo en el solar en donde estuvo la Sindical, edificio que quedó abandonado
tras la llegada de la Democracia y que acabó medio en ruinas y, finalmente,
incendiado; este lugar fue el elegido para situar el fallido experimento
conocido por los munícipes como “el ovni”, y que no es otra cosa que un quiosco
musical basado en el hierro y el hormigón.
El 27 de septiembre de 1903 y siendo alcalde de Laviana
Benito Menéndez, se publica un Real Decreto en el que el municipio recibe un
pequeño título, por otro lado concedido a todos los Ayuntamientos, reflejado en
el siguiente párrafo: “Queriendo dar una prueba de Mi Real aprecio á la
villa de Laviana, provincia de Oviedo, y, teniendo en cuenta su antigüedad,
aumento de población é importancia agrícola y desarrollo de la instrucción
pública, así como su constante adhesión á la Monarquía española, su antigüedad
como Municipio puesto que figuraba como tal reinando D. Juan II y el haber
concurrido en 1504 á la Junta General del Principado de Asturias, Vengo en
conceder á su Municipio el tratamiento de Excelencia.
Dado en San Sebastián á veinte de Septiembre de mil novecientos tres
–Alfonso- El Ministro de la Gobernación, ANTONIO GARCÍA ALIX”.
Fue ése el año de la reforma de la memorable Fuente de los Corrales.
Aparte, por supuesto, de los dos ríos, tal vez sea la Fuente de Los Corrales el
más significativo ejemplo del aprovechamiento de los recursos acuáticos. No
sólo servía como abastecedora de agua, sino que en su momento fue el límite
poblacional de la villa, si bien es cierto que ya a principios del siglo XX se
rebasó dicha frontera. Una de sus reparaciones más urgentes y que la dotó del
aspecto actual fue la que se realizó en 1903. Una segunda fuente tradicional y
renombrada de Pola de Laviana ha sido, y es, la Fuente de La Salud. Cercana a
la de Los Corrales, a esta fuente solían acudir los habitantes de la Pola por
su agua fresca y saludable, aunque su aprovechamiento como tal fue posterior a
la arriba mencionada, dado que en un principio apenas suponía un manantial. Por
desgracia, las obras llevadas a cabo por la corporación lavianesa casi acaba
con su potabilidad en 1983 (se trasladó hasta “las escaleronas”), y cerca
anduvo de acabar también con la propia fuente, de la cual sólo queda un caño
incrustado en un muro merced a una rehabilitación posterior.
Mientras
tanto, la minería empujaba a los munícipes a abandonar el campo, mal pagado y
con poco futuro, hacia el carbón, más sacrificado, pero mejor remunerado. Así,
la capital del concejo va incrementando el número de residentes, lo que obliga
a nuevas construcciones. Con el aumento poblacional la villa se expande en
dirección hacia el río, ocupando zonas más llanas. Al parecer hacia el
año 1927, cuenta José María Jove y Canella, los 1.170 obreros de la minería
eran capaces de producir unas 210.000 toneladas de carbón de hulla al año. Esa
ingente cantidad para tan pocos obreros con medios no muy avanzados, debía de
tener un transporte que la sacara al mercado nacional, al menos desde la cuenca
hasta Gijón. Parte de ese transporte tuvo nombre propio en Laviana: La
Campurra. Todo comenzó una década antes, en 1917; ese año Cándido Blanco
Valera, natural de un caserío de Tiraña conocido como El Campurru, consiguió la
concesión de “un tranvía de sangre desde la estación de Laviana al camino de
Lorío”, con la intención de enlazarlo más tarde con el concejo de San Martín
del Rey Aurelio. Mediante este medio el empresario lavianés, que residía por
aquel entonces en Gijón, trasladaría el carbón desde sus minas hasta el
lavadero de Pola de Laviana, ubicado en la zona conocida como Fontoria, y que
pertenecía a la firma francesa Charbonnages Laviana. Por paradójico que pudiere
parecer visto desde la actualidad, aquel trenillo funcionaba con tracción
animal (tranvía de sangre), pues una mula se encargaba de empujar los vagones.
En 1919 un deceso empañó el transporte; un niño fue atropellado por uno de
estos vagones. Al momento, el alcalde, que en aquellos años era Gaspar García
Jove, suspendió el servicio hasta que se mejorasen las medidas de seguridad o,
al menos, las condiciones exigidas en 1917 y que, según se da a entender,
brillaban por su ausencia. Entre pliegos y dimes y diretes, Cándido Blanco
obtuvo el permiso para continuar usando el tren, esta vez tirado por una
máquina a vapor, que pronto fue conocida por “La Campurra” (cuyo seudónimo se
aplicaría a todas las posteriores máquinas que habrían de sustituir a ésta),
haciendo mención a la procedencia de su dueño; la inauguración oficial tuvo
lugar el 15 de agosto de 1921. Casi diez años después, sin embargo, Cándido
vendió todos su derechos a la empresa barcelonesa Cementos Fradera (del nombre
del empresario José Fradera Camps), por lo que a la máquina de vapor también se
la denominaba, de cuando en cuando, “La Catalana”. Unos meses después de su
nacimiento oficial, La Campurra inició su recorrido hasta Rioseco trasladando
pasajeros, si bien una de sus condiciones, por curiosa, era la de no rebasar
los 8 kilómetros por hora en velocidad. Y así estuvo funcionando el trenillo
hasta que en la década de los ’60
comenzó su declive, primero con el cierre de las minas de las que
transportaba el carbón (1967) y un año más tarde con la clausura del tráfico de
viajeros. En
cuanto a la empresa
catalana-francesa Cementos Fradera adquirió y abrió pozos mineros por toda la
comarca, extendiendo la minería por el valle; por ejemplo, en 1927 comenzó a
explotar varios yacimientos en las inmediaciones de Ribota, cuyo centro
productivo (Grupo Ribota) se cerró en 1967, dando fin a la minería en
tal lugar.
Aunque es
cierto que la minería del carbón aupó al concejo, en realidad a toda la
comarca, a una sociedad más industrializada, también fue causante de ciertos
desajustes. Un ejemplo fue lo acaecido a L'Agüeria, un río de cierta
importancia para los habitantes del valle que conforma dicho cauce, al menos
hasta el primer tercio del siglo XX: sus aguas fueron aprovechadas por cuatro
molinos y un batán. Con la llegada de la minería, en concreto con las
explotaciones de la empresa Coto Musel, las escombreras, los planos y las
bocaminas fueron cortando los acuíferos que vertían sus aguas al río y éste
comenzó a sufrir las consecuencias con una importante merma de caudal. Las minas de carbón también
trajeron dolor y luto a la comarca; por ejemplo en 1924 se produjo uno de los
muchos accidentes mortales que el carbón se cobraría a lo largo de los años, el
cual tuvo lugar en Rimoria, en el Pozo Carrio, con varios muertos. Este
pozo minero comenzó a ser explotado en 1890 por la Sociedad Santa Ana y ocho
años más tarde se tendió el cable que va de Serramplín hasta Argayón. En 1905
el pozo pasó al poder de los Hermanos Felgueroso, que un año después ampliarían
el negocio abriendo la explotación del
Pozo Barredos. El puente atirantado sobre el río Nalón erigido a principios de
este siglo XX fue mejorado con el puente de hierro, obra de Duro Felguera para
el transporte del carbón. En 1940 el Pozo Carrio era propiedad de la empresa
Duro Felguera, la cual lo mantuvo como suyo hasta que en 1960 fue adquirido por
Hulleras del Norte: HUNOSA.
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