domingo, 2 de octubre de 2016

LOS AÑOS DE LA POSGUERRA

Como salido de una película de horror, a raíz del término de la Guerra Civil y como consecuencia de las represalias, sucedió un acontecimiento en el municipio que raya la leyenda. A principios de abril de 1948 fueron arrestadas varias personas entre los concejos de Laviana, Infiesto, Biemenes y San Martín del Rey Aurelio (oficialmente se suele dar a conocer un total de 22 reos, aunque bien pudiera haber alguna variante al respecto). El caso es que se dice que fueron encerrados en una cabaña de la sierra de Peña Mayor y, tras ser torturados hasta la muerte, fueron arrojados al pozo Funeres. El hecho de que se propague que un pastor oyó lamentos salidos del pozo en los días posteriores, alimentó la creencia de que alguno de los prisioneros había sido arrojado vivo y que sus captores habían vuelto a rematarlos arrojando cal y dinamita dentro.
Soslayando los problemas políticos propios de la época, la minería volvería a estimular el crecimiento de la comarca, sobre todo con el apoyo del Gobierno Central de Madrid, cuya consecuencia sería el raudo incremento de la población, sobre todo a partir de la década de 1950 (la minería entraría en una reestructuración a principios de la era democrática, alcanzando sus peores momentos de crisis en los años ’90 y, sobre manera, ya bien entrado el siglo XXI). Fue en los años ’50 cuando se proyecta el mejor encauzamiento del río Nalón, que hasta entonces provocaba importantes disturbios con sus crecidas, ocupando la zona que va desde La Chalana hasta El Sutu, aprovechando la cual obra se lleva a cabo en La Chalana la preparación del lugar para una “playa fluvial”, que supuso un enorme espaldarazo para el sector turístico. Esta obra propició un renovado impulso a la urbanización, conquistando nuevas tierras para la construcción de bienes inmuebles. El impulso definitivo lo había dado la inauguración de un puente hormigonado una década atrás. Antiguamente, y de esto hace algo más de un siglo, la comunicación por carretera entre Oviedo y Tarna se establecía a lo largo de la margen derecha del río Nalón. Si alguien necesitaba cruzar el río para acudir a la otra orilla y ponerse en comunicación con los pueblos y aldeas de aquel lado, debía hacerlo por el puente de Puente de Arco; como alternativa podía realizar el tránsito en una chalupa, cuyo embarcadero se hallaba a un par de kilómetros del centro de la villa en dirección sur; es decir, donde actualmente se halla el “Puente de La Chalana”, cuyo nombre viene de aquel medio de transporte: la chalana. Puesto que la carretera como vía de comunicación se iba haciendo dueña y señora dentro de un mundo de avances tecnológicos, un mundo que cada vez miraba más hacia los vecinos, se hizo perentorio comunicar Pola de Laviana con el otro lado del río a través de un nuevo enlace que no se viera dificultado por la corriente fluvial, puesto que las chalanas ya iban perdiendo notoriedad. De ahí que a finales del siglo XIX se acordara la construcción de un puente que uniera las dos orillas del río sin que mediara embarcación alguna. De esta forma se levantó un puente de madera, bastante endeble por cierto, que acabó deshecho en una de las muchas riadas del Nalón. Poco a poco se iban rehaciendo los sucesivos puentes, todos ellos de tablones, como el de 1919 con maromas y tablas; incluso se llegó a construir uno de madera trabada según el modo en que procedían los entibadores mineros en 1926; por supuesto, el río también acabó con él en 1938. Ésta fue la gota que colmó el vaso y, después de tantos varapalos, al fin se comprendió que lo que se precisaba era un puente de hormigón que resistiera los envites del río. Por ello el entonces alcalde de Laviana, Arturo León, comenzó las gestiones para llevar a cabo dicha labor, así como la adecuación de una carretera que habría de comunicar Laviana con Aller a través de La Collaona. La obra del puente se terminó en la década de 1940, cuya estructura aún se conserva en buen estado, como era de esperar.
De este modo, mediado el siglo comenzaba la febril cimentación de barriadas, en su mayoría como respuesta al aumento de la población minera, y que se verá ralentizada en los años ’80 para, una vez más, dar un nuevo estirón en la primera década del siglo XXI. De ese primer tirón constructivo nacieron las barriadas de Fontoria, la "Vieja" (Gargayo) en la década de 1950, y la "Nueva". Otra señal que indicaba aquella fiebre por la construcción se encuentra en el lugar conocido como La Llera. El pueblo había surgido a partir de un “chigre” y un molino de “maquila”, conocido como “el del puente” y también como “el de la carretera”, que aprovechaba las aguas no del río Nalón, sino de las provenientes de la fuente Güé, lugar de nacimiento del río Muñera.  Así pues, La Llera venía a ser una parte aledaña a Lorío. El nombre de Llera, por su parte, parece provenir del latín “glaream”, que viene a traducirse como “grava”, lo que indica la cantidad de este elemento en que abundaba la zona. En 1956 se llevó a cabo la construcción de un pabellón a la orilla de la carretera que conducía a su vecino Lorío; dos años después se construyó un segundo pabellón al lado del anterior. Estas obras se tomaron como una parte extensiva de Lorío, por el cual motivo inmediatamente después se instalaron unas escuelas con dos aulas separadas (una para los niños y otra para las niñas) justo enfrente de los dos pabellones, las cuales correspondían nominalmente a Lorío (éstas se clausurarán en 1992, siendo con posterioridad aprovechadas las dependencias por la Asociación Cultural Los Zurrones, apodo por el que se conocen a los habitantes de Lorío); junto a ellas se levantaron las dos viviendas para los maestros correspondientes (a partir de 1960 se fue ampliando la población hasta lograr cierta independencia de Lorío; así, en 1986 se instalaron tres piscinas al lado de un pequeño complejo hostelero y en 1995 se habilitó un área recreativa, próxima a un negocio de hierro que lleva el nombre de la zona en que se ubicó y que dio nombre no sólo a un lugar de baños conocido en la cuenca como “La Mozquita”, sino también a la cerrada curva que caracterizó durante muchos años el sitio en cuestión y que hoy día ha sido remozada notablemente).
Otro lugar que conoció las mieles de la construcción fue Barredos. Se encuentra dicha población a poco más de un kilómetro de Pola de Laviana. Es una población que se englobó hasta hace relativamente poco tiempo dentro de la parroquia de Tiraña. Al antaño pueblo de Los Barredos se le fueron adhiriendo distintos edificios en distintas etapas, sobre todo desde los años finales del siglo XIX. Su mayor crecimiento se sitúa poco más o menos en la década de 1950, gracias al auge de la minería y la proliferación de las barriadas dedicadas a dar cobijo al gran número de mineros venidos sobre todo del sur de España. Las obras, que habían comenzado con los primeros trámites en 1949, no tuvieron su fin hasta que el 14 de julio de 1958 se entregaron las viviendas a SM Duro Felguera. Entre los edificios que se levantaron estaba una nueva iglesia dedicada a San José Obrero, la cual fue cedida al Obispado de Oviedo, y que constituyó la piedra angular sobre la que giraría la recién inaugurada parroquia, escindida ya de la de Tiraña; la fecha oficial de dicho evento se sitúa en el 11 de febrero de 1959 bajo la firma del Arzobispo de Oviedo, Javier Lauzurica y Torralba. Famosa en la zona es la fiesta de “los mártires”, que hacen referencia a los santos Cosme y Damián.
Una institución que conoció varias ubicaciones en la villa fue la consignada para la consulta médica. En menos de una centuria, sin contar si quiera siglos anteriores, el “centro de salud” conoció cinco edificios diferentes y, en alguna ocasión, distante uno de otro. A mediados del siglo XX lo tenemos localizado en la parte trasera de la gran estructura que es la “casa del pueblo”, concretamente en la planta baja, la cual, tras una larga temporada después de emigrar la institución sanitaria, reabriría sus puertas como local de bebidas en los años ’80. Pues bien, el médico se hubo de trasladar con todos sus artilugios a la actual Calle de Emilio Martínez, en donde no resistió muchos años, pues no tardó en ser mudado a la Calle Francisco Alonso (la calle a la que da la espalda el Teatro Maxi). Nuevamente se instaló la consulta en la entrada de la villa, en un edificio nuevo erigido para este fin y que, lógico a todas vistas, resultó un punto demasiado dificultoso para acudir por parte de los enfermos. Así pues, en lo que antaño fue solar y edificio del “mercado cubierto”, se levantó un nuevo centro de salud, luego de derribar el susodicho mercado, justo entre medias del ayuntamiento y el hogar del jubilado.

Las tensiones sociales, laborales e ideológicas que pululaban por todo el país recalaron, como sería lógico pensar, en esta zona minera. Pronto la minería y sus reclamaciones acaban en huelgas más o menos violentas, como la de 1957 y, sobre todo, la de 1962, durante la cual se llegó a decretar el estado de excepción en toda Asturias, Vizcaya y Guipúzcoa. Como fuere que esta última huelga obtuvo sus frutos, las huelgas mineras proliferaron desde entonces, contabilizándose 228 entre los años 1968 y 1975.

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