El 14 de abril
de 1912 se legalizó en Pola de Laviana un club deportivo para participar en los
eventos “balompedísticos”; se trataba del Club Titanic Sport de Laviana, lo que
hace al club de fútbol el más antiguo de Asturias después del Real Sporting de
Gijón. El nombre del equipo, parece obvio, procede del transatlántico hundido
el 14 de abril de ese mismo año al colisionar con un iceberg. Años más tarde,
durante la época franquista, se hubo de modificar el nombre por imperativos
administrativos, españolizándolo para acabar llamándose Titánico. En aquel
primer equipo de 1912 militaban Cabero, Sixto Menéndez, Ceferino Gutiérrez,
Jaime Gutiérrez, Mariano Menéndez, Amador Varela, Benito Menéndez, Graciano
Rodríguez, Chepe Gutiérrez, Maximino López y Ángel Álvarez. La historia del
Titanic de Laviana comenzó, sin embargo, un par de años antes, cuando José
Gutiérrez, a quien llamaban familiarmente Chepe, llegó de uno de sus viajes a
Inglaterra con un balón de cuero. Este joven lavianés, estudiante en Pamplona y
luego en Inglaterra, explicaría a sus amigos de la villa y alrededores cómo era
el juego del balón que se practicaba allá en las islas británicas, o
simplemente insuflaría en sus amigos y conocidos una nueva ilusión por dicho
deporte. Así, dos años después de aquello y tras una reunión en el lagar de Don
Clemente decidieron formar el club, cuyo primer presidente fue Aquilino Zapico,
proyecto que duró siete años, pues fue entonces cuando sus mejores jugadores
pasaron a formar parte del Racing de Sama, con la consecuente crisis deportiva
y económica. El club entró en barrena e incluso llegó a cambiar de nombre:
Nuevo Club Titánic; pero el esfuerzo resultó baldío, pues bajo la presidencia
de Agapito Otero acabó desapareciendo. En lugar del club desaparecido, surgió
el Gimnástica que pronto fue sustituido por el Arenas Club de Fútbol. Fue con
este nombre que Alfonso XII concedió al club el título de Real, concretamente
el 6 de noviembre de 1922. Nuevamente, no obstante, vuelve a desaparecer; pero
en esta ocasión a causa de la guerra civil de 1936. Al acabar la guerra se
renovaron los bríos para sacar adelante un nuevo equipo, aunque esta vez con el
nombre que conserva en la actualidad: Real Titánico de Laviana. Una vez más la
crisis deportiva y la económica se alían contra el club y en 1960, bajo la
presidencia de Manuel Álvarez “Noli” desaparece. Tarda cuatro años en retornar con
nuevas energías, esta vez con el nombre de Laviana Club de Fútbol, y no sería
hasta la década de 1970 en que el equipo regresaría a su nombre más
representativo, Titánico. Dato curioso es el campo oficial del equipo, pues ha
tenido hasta cuatro diferentes, aparte de otros dos provisionales. El Titánic
comenzó su singladura en el campo La Llombona, no muy lejos de Carrio, desde
donde se trasladó a El Rocinero, nombre tomado, al parecer, de un arroyo que
nacía en Fontoria . En 1950 El Consejo Local del Movimiento cedió al club unos
terrenos en Fontoria, al lado del río Nalón, que sirvieron como campo oficial
donde disputar los partidos; el 29 de marzo de 1970, sin embargo, se disputó allí
el último partido, pues en el terreno se iba a construir una nueva barriada de
edificios. Durante unos años el Titánico jugó primero en La Chalana y luego en
El Molín (éste, cerca del matadero), hasta que el Ayuntamiento le cede unos
terrenos no muy distantes de las antiguas tolvas, donde se almacenaba el carbón
de las minas de la zona; de ahí el nombre del actual campo: Las Tolvas.
A
principios del siglo XX las ideas cruzaban la frontera con cierta celeridad y
nuevos conceptos iban arraigando en la mente obrera, a raíz de lo cual los ecos
de otras luchas sociales fueron penetrando también en la comarca. Así pues, no
fue de extrañar que en una zona conflictiva como la minera surgiera una huelga
reivindicativa en 1917, reflejo de la barcelonesa, entre los trabajadores
mineros, la cual fue reprimida con dureza tras la liberación de los presos de
la cárcel. Estas desavenencias permanecerían en el subconsciente minero hasta
abocar en la lucha de octubre de 1934, cuando las cuencas mineras, movilizadas
por partidos de izquierdas, se sumaron a una lucha armada que llegará hasta la
misma capital asturiana y que, finalmente, sería de nuevo reprimida con extrema
violencia. Poco después estallaría la Guerra Civil y Laviana quedará enmarcada
en la zona republicana, la cual zona sería el último reducto republicano del
Frente Norte en ser derrotado. Tras darse por terminada la guerra, partidas
republicanas siguieron combatiendo por su cuenta, como la famosa de Lisardo,
durante varios años más.
Aparte de
conflictos más o menos violentos, Laviana también asumió otras perspectivas más
halagüeñas. En la década de 1920 existía en La Coaña un local hostelero llamado
Bar Blanco. Se trataba de una especie de barracón con carpa o terraza techada y
provista de mesas y sillas de madera. Y a los Blanco perteneció un bajo de la
calle principal, que en aquella época era nombrada como Calle de Abajo, el cual
local se explotaba como bar allá a principios del siglo XX. Más tarde el bajo
también sirvió como restaurante y, con el paso de los años, pasó a ser
arrendado a la empresa de transportes El Carbonero, que había sido fundada en
1927. El edificio sirvió como cuartel de policía durante varios años tras la
finalización de la guerra civil. Finalmente, en 1954 en ese mismo local se
abrió un negocio textil con el nombre de Novedades Valentín, conocido también
como Sastrería Valentín y como Casa Clemen (diminutivo de Clementina, esposa
del dueño del negocio); después de casi seis décadas, esa misma sastrería
continúa en servicio, aunque con prestaciones bien distintas a las primeras. Otra
de las iniciativas privadas más rememoradas en la villa tuvo su punto de
partida en los primeros años de la segunda década de este siglo XX: en 1923
Víctor Fernández González Mayo creó la marca Chocolates Mayín (también Troya),
con una fábrica en el barrio Jardín, situado entre la plaza del Ayuntamiento y
el barrio Tapia (la fábrica cerraría en 1972). Un tercer negocio con cierta fama estuvo localizado
en un edificio de su calle principal: según reza la inscripción central de arriba, el
edificio fue levantado en 1929 y sirvió, como se aprecia abajo, de confitería,
famosa no sólo dentro del concejo, sino incluso en el extrarradio, habiendo
referencias a ovetenses que acudían aquí para comprar sus pasteles, sobre todo
los "bartolos", invención propia, cuyo nombre se debió a una pequeña
chanza entre los dueños, pues mientras uno de ellos probaba la pasta, el otro
le dijo "no seas bartolo", de donde surgió el nombre del pastel. Unas mesas servían
para que los clientes que lo consideraran oportuno pudiesen merendar allí con
sus pastas y su café o su chocolate; al final, los descendientes del pastelero
se escindieron entre Gijón y un nuevo emplazamiento para su negocio en la
propia villa en la Avenida Arturo León.
Si bien, como ha se ha visto anteriormente, el vacío en locales que
proporcionaban enseñanza había sido subsanado, en 1929 la congregación de
misioneras claretianas, las misioneras de San Antonio María Claret, fundan un
colegio para impartir conocimientos y modales católicos a las niñas del
concejo, ochenta años después del nacimiento de la hermandad. En un primer momento las clases fueron impartidas en el
edificio que serviría como oficinas y parada de la empresa de transporte
público El Carbonero, si bien no se tardó en hallar una nueva ubicación para
estos menesteres; el colegio se situó casi al lado mismo de la Fuente de
la Salud. De aquel edificio se pasó a otro en la plaza del Ayuntamiento, cedido
por su dueño, Agapito Concheso, para residencia y colegio de las susodichas
reverendas. No era ése, empero, lugar apropiado para un colegio que veía
aumentar el alumnado cada año y con el tiempo se vio en la necesidad de
encontrar una nueva residencia. La congregación se mantuvo en el edificio de
Concheso hasta que en 1955 se construyeron unos nuevos edificios a la vera de
la calle principal, en su confluencia con la actual Calle Asturias, financiada
dicha edificación en parte con el dinero que la empresa Fradera había aportado;
en sus inicios los hijos de los trabajadores recibían clases sin la
obligatoriedad del pago de una cuota a la que sí estaban sometidos los demás alumnos.
Al tiempo que los años transcurrían, el colegio fue acogiendo no sólo a un
mayor número de estudiantes, sino que abrió el abanico para los varones y, más
tarde, después de décadas impartiendo clases a los más pequeños, hubo de
actualizar su plan de estudios para compaginar la Enseñanza Infantil junto con
la Primaria y la Secundaria.
Unido al tren, las nuevas carreteras y al adecentamiento de la propia
villa provocan un avance en la comunicación de viajeros con la capital
asturiana. Así el 1 de julio de 1927 se da por inaugurada una línea de viajeros
por carretera entre Laviana y Oviedo; de nombre El Carbonero, el audaz
empresario Manuel Menéndez contaba entonces con tan sólo dos carruajes: una
berlina y un landó (esta Sociedad Anónima habrá de dar un vuelco total cuando
en 1980 se convierta en Cooperativista con el nombre de ALCOOTAN); la empresa estuvo a
punto de trasladarse a Oviedo, hasta que en 2012 le fueron concedidos los
terrenos apropiados para su ubicación definitiva en El Sutu. Otro dato
de la modernidad que alcanzaba Laviana fue la instalación del teléfono en 1929,
el cual llegó a tener sesenta líneas en tan sólo dos años; su centralita,
activa en 1937, llegó a producir cierta hilaridad en las filas militares
durante la Guerra Civil, al dar prioridad a una comunicación civil y privada
sobre otra de imperiosa necesidad bélica. Tampoco podemos obviar lo que fue el
tendido eléctrico que alimentaba otras zonas asturianas y que, a su paso por el
municipio, fue aprovechado para extender el uso por el concejo; así vemos que
en Picublancu existe una casería, algo por debajo de una campa homónima,
conocida como “la casa la luz”, pues sus inquilinos estaban encargados del
cuidado del tendido de alta tensión que cruzaba por dicho lugar procedente de
la central hidráulica de La Curuxera y que tenía como destino La Camocha, en
Gijón (la casería se encuentra casi haciendo frontera entre La Cuesta la Pola y
el vecino valle de Tiraña).
En el apartado lúdico Laviana también contó con sus pioneros y sus
avances. Aparte de la literatura y de la teología y filosofía, representada
ésta última por eminentes escritores, a finales del siglo XIX ya se
representaban en la villa con asiduidad obras dramáticas y en fecha tan
temprana como 1908 consta que se proyectaban películas con cierta frecuencia en
el cine Colón, al que llamaban popularmente Cancelo; hubo también por esos años
otra sala cinematográfica más, de nombre Ideal. A este respecto cabe destacar
la ubicación de la primera sala de cine moderna, abierta en los años ’30 del
siglo XX (al parecer con la proyección “Allá en el Rancho Grande”), sita en la
Calle del Generalísimo y con entrada por ésta y por la “Calle Tras”, y que era
regentada por Matilde, por el cual motivo así era conocido el local, “el cine
de Matilde”, aunque su nombre oficial era Cinema Moderno; cuando cerró sus
puertas al cinematógrafo, tal vez a finales de la década de 1950, el lugar fue
reconvertido en sala de fiestas, de nombre “El Dakar”. Años antes de que el Cinema Moderno
clausurara sus proyecciones, había nacido otro espacio cinematográfico, el
Teatro Maxi. La inauguración de este local de ocio tuvo lugar hacia 1943
gracias al esfuerzo de Cavero, quien llamó Maxi al nuevo negocio en honor de su
hija Máxima, aunque en un primer momento se había decidido llamarlo Palacio
Valdés. Además de proyectar largometrajes, sobre el escenario tenían lugar
representaciones teatrales, conciertos de música y otros actos de entretenimiento,
así como algún concurso, algún baile y algún pregón. Por desgracia, en mayo de
1998 se proyectaría la película Titanic,
con la que se daría por finalizado el trayecto cultural de este edificio.
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