domingo, 2 de octubre de 2016

SIGNOS DE MODERNIDAD

El 14 de abril de 1912 se legalizó en Pola de Laviana un club deportivo para participar en los eventos “balompedísticos”; se trataba del Club Titanic Sport de Laviana, lo que hace al club de fútbol el más antiguo de Asturias después del Real Sporting de Gijón. El nombre del equipo, parece obvio, procede del transatlántico hundido el 14 de abril de ese mismo año al colisionar con un iceberg. Años más tarde, durante la época franquista, se hubo de modificar el nombre por imperativos administrativos, españolizándolo para acabar llamándose Titánico. En aquel primer equipo de 1912 militaban Cabero, Sixto Menéndez, Ceferino Gutiérrez, Jaime Gutiérrez, Mariano Menéndez, Amador Varela, Benito Menéndez, Graciano Rodríguez, Chepe Gutiérrez, Maximino López y Ángel Álvarez. La historia del Titanic de Laviana comenzó, sin embargo, un par de años antes, cuando José Gutiérrez, a quien llamaban familiarmente Chepe, llegó de uno de sus viajes a Inglaterra con un balón de cuero. Este joven lavianés, estudiante en Pamplona y luego en Inglaterra, explicaría a sus amigos de la villa y alrededores cómo era el juego del balón que se practicaba allá en las islas británicas, o simplemente insuflaría en sus amigos y conocidos una nueva ilusión por dicho deporte. Así, dos años después de aquello y tras una reunión en el lagar de Don Clemente decidieron formar el club, cuyo primer presidente fue Aquilino Zapico, proyecto que duró siete años, pues fue entonces cuando sus mejores jugadores pasaron a formar parte del Racing de Sama, con la consecuente crisis deportiva y económica. El club entró en barrena e incluso llegó a cambiar de nombre: Nuevo Club Titánic; pero el esfuerzo resultó baldío, pues bajo la presidencia de Agapito Otero acabó desapareciendo. En lugar del club desaparecido, surgió el Gimnástica que pronto fue sustituido por el Arenas Club de Fútbol. Fue con este nombre que Alfonso XII concedió al club el título de Real, concretamente el 6 de noviembre de 1922. Nuevamente, no obstante, vuelve a desaparecer; pero en esta ocasión a causa de la guerra civil de 1936. Al acabar la guerra se renovaron los bríos para sacar adelante un nuevo equipo, aunque esta vez con el nombre que conserva en la actualidad: Real Titánico de Laviana. Una vez más la crisis deportiva y la económica se alían contra el club y en 1960, bajo la presidencia de Manuel Álvarez “Noli” desaparece. Tarda cuatro años en retornar con nuevas energías, esta vez con el nombre de Laviana Club de Fútbol, y no sería hasta la década de 1970 en que el equipo regresaría a su nombre más representativo, Titánico. Dato curioso es el campo oficial del equipo, pues ha tenido hasta cuatro diferentes, aparte de otros dos provisionales. El Titánic comenzó su singladura en el campo La Llombona, no muy lejos de Carrio, desde donde se trasladó a El Rocinero, nombre tomado, al parecer, de un arroyo que nacía en Fontoria . En 1950 El Consejo Local del Movimiento cedió al club unos terrenos en Fontoria, al lado del río Nalón, que sirvieron como campo oficial donde disputar los partidos; el 29 de marzo de 1970, sin embargo, se disputó allí el último partido, pues en el terreno se iba a construir una nueva barriada de edificios. Durante unos años el Titánico jugó primero en La Chalana y luego en El Molín (éste, cerca del matadero), hasta que el Ayuntamiento le cede unos terrenos no muy distantes de las antiguas tolvas, donde se almacenaba el carbón de las minas de la zona; de ahí el nombre del actual campo: Las Tolvas.
A principios del siglo XX las ideas cruzaban la frontera con cierta celeridad y nuevos conceptos iban arraigando en la mente obrera, a raíz de lo cual los ecos de otras luchas sociales fueron penetrando también en la comarca. Así pues, no fue de extrañar que en una zona conflictiva como la minera surgiera una huelga reivindicativa en 1917, reflejo de la barcelonesa, entre los trabajadores mineros, la cual fue reprimida con dureza tras la liberación de los presos de la cárcel. Estas desavenencias permanecerían en el subconsciente minero hasta abocar en la lucha de octubre de 1934, cuando las cuencas mineras, movilizadas por partidos de izquierdas, se sumaron a una lucha armada que llegará hasta la misma capital asturiana y que, finalmente, sería de nuevo reprimida con extrema violencia. Poco después estallaría la Guerra Civil y Laviana quedará enmarcada en la zona republicana, la cual zona sería el último reducto republicano del Frente Norte en ser derrotado. Tras darse por terminada la guerra, partidas republicanas siguieron combatiendo por su cuenta, como la famosa de Lisardo, durante varios años más.
Aparte de conflictos más o menos violentos, Laviana también asumió otras perspectivas más halagüeñas. En la década de 1920 existía en La Coaña un local hostelero llamado Bar Blanco. Se trataba de una especie de barracón con carpa o terraza techada y provista de mesas y sillas de madera. Y a los Blanco perteneció un bajo de la calle principal, que en aquella época era nombrada como Calle de Abajo, el cual local se explotaba como bar allá a principios del siglo XX. Más tarde el bajo también sirvió como restaurante y, con el paso de los años, pasó a ser arrendado a la empresa de transportes El Carbonero, que había sido fundada en 1927. El edificio sirvió como cuartel de policía durante varios años tras la finalización de la guerra civil. Finalmente, en 1954 en ese mismo local se abrió un negocio textil con el nombre de Novedades Valentín, conocido también como Sastrería Valentín y como Casa Clemen (diminutivo de Clementina, esposa del dueño del negocio); después de casi seis décadas, esa misma sastrería continúa en servicio, aunque con prestaciones bien distintas a las primeras. Otra de las iniciativas privadas más rememoradas en la villa tuvo su punto de partida en los primeros años de la segunda década de este siglo XX: en 1923 Víctor Fernández González Mayo creó la marca Chocolates Mayín (también Troya), con una fábrica en el barrio Jardín, situado entre la plaza del Ayuntamiento y el barrio Tapia (la fábrica cerraría en 1972). Un tercer negocio con cierta fama estuvo localizado en un edificio de su calle principal: según reza la inscripción central de arriba, el edificio fue levantado en 1929 y sirvió, como se aprecia abajo, de confitería, famosa no sólo dentro del concejo, sino incluso en el extrarradio, habiendo referencias a ovetenses que acudían aquí para comprar sus pasteles, sobre todo los "bartolos", invención propia,  cuyo nombre se debió a una pequeña chanza entre los dueños, pues mientras uno de ellos probaba la pasta, el otro le dijo "no seas bartolo", de donde surgió el nombre del pastel. Unas mesas servían para que los clientes que lo consideraran oportuno pudiesen merendar allí con sus pastas y su café o su chocolate; al final, los descendientes del pastelero se escindieron entre Gijón y un nuevo emplazamiento para su negocio en la propia villa en la Avenida Arturo León.
Si bien, como ha se ha visto anteriormente, el vacío en locales que proporcionaban enseñanza había sido subsanado, en 1929 la congregación de misioneras claretianas, las misioneras de San Antonio María Claret, fundan un colegio para impartir conocimientos y modales católicos a las niñas del concejo, ochenta años después del nacimiento de la hermandad. En un primer momento las clases fueron impartidas en el edificio que serviría como oficinas y parada de la empresa de transporte público El Carbonero, si bien no se tardó en hallar una nueva ubicación para estos menesteres; el colegio se situó casi al lado mismo de la Fuente de la Salud. De aquel edificio se pasó a otro en la plaza del Ayuntamiento, cedido por su dueño, Agapito Concheso, para residencia y colegio de las susodichas reverendas. No era ése, empero, lugar apropiado para un colegio que veía aumentar el alumnado cada año y con el tiempo se vio en la necesidad de encontrar una nueva residencia. La congregación se mantuvo en el edificio de Concheso hasta que en 1955 se construyeron unos nuevos edificios a la vera de la calle principal, en su confluencia con la actual Calle Asturias, financiada dicha edificación en parte con el dinero que la empresa Fradera había aportado; en sus inicios los hijos de los trabajadores recibían clases sin la obligatoriedad del pago de una cuota a la que sí estaban sometidos los demás alumnos. Al tiempo que los años transcurrían, el colegio fue acogiendo no sólo a un mayor número de estudiantes, sino que abrió el abanico para los varones y, más tarde, después de décadas impartiendo clases a los más pequeños, hubo de actualizar su plan de estudios para compaginar la Enseñanza Infantil junto con la Primaria y la Secundaria.
Unido al tren, las nuevas carreteras y al adecentamiento de la propia villa provocan un avance en la comunicación de viajeros con la capital asturiana. Así el 1 de julio de 1927 se da por inaugurada una línea de viajeros por carretera entre Laviana y Oviedo; de nombre El Carbonero, el audaz empresario Manuel Menéndez contaba entonces con tan sólo dos carruajes: una berlina y un landó (esta Sociedad Anónima habrá de dar un vuelco total cuando en 1980 se convierta en Cooperativista con el nombre de ALCOOTAN); la empresa estuvo a punto de trasladarse a Oviedo, hasta que en 2012 le fueron concedidos los terrenos apropiados para su ubicación definitiva en El Sutu. Otro dato de la modernidad que alcanzaba Laviana fue la instalación del teléfono en 1929, el cual llegó a tener sesenta líneas en tan sólo dos años; su centralita, activa en 1937, llegó a producir cierta hilaridad en las filas militares durante la Guerra Civil, al dar prioridad a una comunicación civil y privada sobre otra de imperiosa necesidad bélica. Tampoco podemos obviar lo que fue el tendido eléctrico que alimentaba otras zonas asturianas y que, a su paso por el municipio, fue aprovechado para extender el uso por el concejo; así vemos que en Picublancu existe una casería, algo por debajo de una campa homónima, conocida como “la casa la luz”, pues sus inquilinos estaban encargados del cuidado del tendido de alta tensión que cruzaba por dicho lugar procedente de la central hidráulica de La Curuxera y que tenía como destino La Camocha, en Gijón (la casería se encuentra casi haciendo frontera entre La Cuesta la Pola y el vecino valle de Tiraña).

En el apartado lúdico Laviana también contó con sus pioneros y sus avances. Aparte de la literatura y de la teología y filosofía, representada ésta última por eminentes escritores, a finales del siglo XIX ya se representaban en la villa con asiduidad obras dramáticas y en fecha tan temprana como 1908 consta que se proyectaban películas con cierta frecuencia en el cine Colón, al que llamaban popularmente Cancelo; hubo también por esos años otra sala cinematográfica más, de nombre Ideal. A este respecto cabe destacar la ubicación de la primera sala de cine moderna, abierta en los años ’30 del siglo XX (al parecer con la proyección “Allá en el Rancho Grande”), sita en la Calle del Generalísimo y con entrada por ésta y por la “Calle Tras”, y que era regentada por Matilde, por el cual motivo así era conocido el local, “el cine de Matilde”, aunque su nombre oficial era Cinema Moderno; cuando cerró sus puertas al cinematógrafo, tal vez a finales de la década de 1950, el lugar fue reconvertido en sala de fiestas, de nombre “El Dakar”. Años antes de que el Cinema Moderno clausurara sus proyecciones, había nacido otro espacio cinematográfico, el Teatro Maxi. La inauguración de este local de ocio tuvo lugar hacia 1943 gracias al esfuerzo de Cavero, quien llamó Maxi al nuevo negocio en honor de su hija Máxima, aunque en un primer momento se había decidido llamarlo Palacio Valdés. Además de proyectar largometrajes, sobre el escenario tenían lugar representaciones teatrales, conciertos de música y otros actos de entretenimiento, así como algún concurso, algún baile y algún pregón. Por desgracia, en mayo de 1998 se proyectaría la película Titanic, con la que se daría por finalizado el trayecto cultural de este edificio.

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