La parroquia de Pola de Laviana fue nominalmente la parroquia del Otero
hasta la edificación de una nueva iglesia, momento en que pasó a ser la
parroquia de la Asunción de Pola de Laviana. El arciprestazgo de la Pola
comprende las parroquias de Tiraña, Barredos, Carrio, Entralgo, Villoria, Lorío,
Condado, Pola de Laviana y Tolivia (ésta formó parte de la parroquia de
Villoria hasta la última mitad del siglo XIX; en concreto, en 1886 quedó
constituida como nueva parroquia bajo la advocación de San Antonio Abad; la
iglesia se levantó en 1911, año de su inauguración, si bien no fue terminada
hasta la década de 1950, cuando se dio por finiquitada la remodelación de su
espadaña; mientras tanto, la antigua capilla fue sustituida por un edificio que
albergó una escuela). Como institución religiosa que era y es, la capilla del
Otero tenía derecho a poseer sus propios terrenos, en este caso todos los que
la rodeaban, además de algunos otros. Así, además de la casa rectoral, el
hórreo y la caseta para los aperos, debemos mencionar una huerta, un prado, un
robledal y, algo más separado, otro tanto: huerto, prado y mata de árboles; a
todo lo cual se sumaban cuatro prados sitos en la vega.
Aunque no hay constancia de ello, es de suponer que durante los siglos
XVI y XVII se realizase algún tipo de procesión en los alrededores de la
capilla con la imagen de la Virgen como protagonista. Sí hay pruebas
documentadas de que en 1844 se celebraba una procesión que iba desde el Otero
hasta la capilla de San Miguel en la víspera de la fiesta. También por esa
época se disponían dos sermones, uno el día de la procesión en la Plaza Nueva
(hoy plaza de Fray Ceferino), y el otro el mismo día festivo en el Otero.
Además, ya era usual desde 1830 que el dominico José María Morán fuera el
predicador (había nacido en La Ferrera el 10 de abril de 1809). La talla, pues,
llegaba originariamente a San Miguel en una marcha nocturna y después de haber
cruzado bajo cuatro arcos floridos compuestos expresamente para ello y
colocados en otros tantos puntos concretos de la carrera. El recorrido
comenzaba, como es lógico, en la capilla del Otero, desde donde se dirigía
hasta la actual plaza de La Pontona (en donde se predicaba un sermón); ahí
enlazaba con la Calle de Arriba y llegaba a la Plaza Vieja, en donde tomaba
rumbo hacia la Plaza Nueva con un nuevo sermón, para finalizar yéndose a la
capilla de San Miguel, en donde la talla reposaba el resto de la noche mientras
se celebraba un baile en las afueras (en 1943 se produjeron un par de
novedades: en la Plaza Maximiliano Arboleya se apagaron las luces y desde un
balcón se cantó una saeta; este mismo procedimiento volvía a ocurrir en la
Calle del Generalísimo). Al día siguiente se volvía a retornar la figura de la
Virgen hasta su emplazamiento con una nueva procesión, tras la cual se
celebraba la misa correspondiente. Una vez finalizada ésta, se daba inicio a la
romería en la propia campa del Otero hasta que el sol declinaba con la
atardecida, momento en que los romeros bajaban a la villa para continuar el
festejo (en 1934 el entonces alcalde prohibió la procesión, lo cual originó no
pocas protestas y disturbios, aunque algunos fieles, parece ser que encabezados
por Luisa A. Lamuño, trasladaron a hurtadillas la imagen de la Virgen desde el
Otero al templo parroquial). En la actualidad el recorrido y las paradas han
variado un tanto. Ya no hay sermones en las plazas ni saetas ni apagones de
luces; además, desde La Pontona la procesión recorre lo que es la “Calle Trás”
(calles Padre Valdés y Emilio Martínez) en dirección oeste hasta enlazar con la
Calle Libertad, momento en que gira casi trescientos sesenta grados para
recorrer dicha calle hasta encontrarse con la Calle Leopoldo Alas Clarín, la
cual conduce la procesión hasta el frontal de la iglesia parroquial. Referente
a estas fiestas es curiosa la anécdota que cuenta Emilio Martínez Suárez, gran
admirador de Armando Palacio Valdés, sobre la gran pelea descrita en el libro La
aldea perdida, pues, según él, ocurrió en realidad y él mismo fue testigo
de ella a finales del siglo XIX: “En lo
referente a la batalla del Otero, la más larga, dura y emocionante de cuantas
hubo en nuestro concejo y de la que obtuvo amplios informes, sea por no
provocar otra lucha, o por otra causa, don Armando en su magistral descripción
puso a los de Lorío y Rivota en lugar de los de La Rebollada, y a los de
Entralgo y Villoria en el correspondiente a los de La Traviesa. La causa del
conflicto fue ésta: Celedonio Martínez, de La Traviesa, primo hermano mío,
cortejaba a una moza de Pielgos, pretendida también por uno de La Rebollada,
alineándose al lado de cada uno de los caseríos colindantes, y el día de
Nuestra Señora del Otero decidieron la cuestión a palo limpio, saliendo todos
magullados, aunque menos los de La Traviesa, que embarcaron para Chile y para
Cuba huyendo de la intervención curial. El más fuerte de todos era Antón de La
Rebollada. Esta refriega la presencié yo, y la suerte de ser muy niño me libró
de una paliza soberana. El cura salió
con un Crucifijo y don Marcelino Trapiello, juez de Primera Instancia, admirado
y querido por su bondad y rectitud, lanzando tiros al aire; pero los
contendientes cambiaban de sitio, sin dejar de darse palos. Por fin, intervino
la Guardia Civil, que hizo una imponente descarga al espacio, y todos escaparon
monte arriba”.
Pola de Laviana cuenta con dos imágenes religiosas identificadas con la
Virgen del Otero y la Virgen de la Asunción. El motivo por lo cual ocurre esto
es bien sencillo. La parroquia de la Puebla de Flaviana contaba con una iglesia
que custodiaba la imagen de Nuestra Señora del Otero. La iglesia estaba
situada, y aún lo está, aproximadamente a medio kilómetro del centro de la
villa. Había sido construida, según los datos que se tienen por ciertos, con
“posterioridad al siglo XV”; esto es, seguramente y por lógica en el siglo XVI.
El retablo, lo más destacable de la iglesia, data del siglo XVIII. El
seis de septiembre de 1663 el cura párroco, Tomás Sánchez Lorenzo, recibió una
destacable donación de parte de Francisco González Suárez, que residía en
Madrid y que habría de morir el 18 de septiembre de 1768, contándose una buena
cantidad de ropajes eclesiásticos, así como un cáliz, un copón, un misal y dos libros; a todo lo cual habría que
añadir los aranceles y tributos que cobraba la institución religiosa, que
podían oscilar entre los veinte ducados pagados por los herederos de Gabriel
Alonso de Inguanzo por el uso del fosario, hasta una vaca con un jato y una
novilla como pago realizado por Blas Álvarez. Aparte de estos bienes materiales
estaban, por supuesto, los diezmos y las primicias, impuestos obligatorios
establecidos por la Iglesia Católica para, según sus regidores, mantenimiento
de la Iglesia universal; una parte acababa en los bolsillos del obispo
correspondiente y las otras tres las repartía el párroco entre los pobres, su
propia iglesia y su bolsillo. En una comarca tan “ruralizada” y no muy rica
como era ésta, tales impuestos se solían realizar en forma de comida: frutos,
verduras, ganado… De todas formas, tal vez la fuente más importante de ingresos
fueran las misas.
Pues bien, esta iglesia fue el edificio parroquial de Pola de Laviana
hasta que a finales del siglo decimonónico el obispo Ramón Martínez Vigil entró
en conversaciones con el entonces párroco de la villa lavianense, José del
Rosal, con la intención de construir una nueva iglesia, cuya advocación sería
la de la Virgen de la Asunción. Una vez llegados a este punto y acordado llevar
a cabo dicha edificación, se encargó al reputado Luis Bellido el diseño de la
misma, cuya puesta en marcha tuvo lugar el 15 de agosto de 1895 con la
colocación de la primera piedra a cargo
del párroco José del Rosal Areces. Parece
ser que en el proyecto original aparecían dos torres, pero a causa de las
estrecheces económicas se acordó levantar una única torre, aunque algo más alta
lo que en un principio iba a ser. Para
poder costear las obras anexas, hubo de realizarse varias ventas, pues
el 17 de diciembre de 1896 el párroco José del Rosal Areces vendió, no sólo la
capilla de San Miguel, sita
a unos cien metros de distancia, sino también la rectoral del
Otero, así como la huerta y el hórreo, con el fin de comprar el terreno y
edificar en él una nueva casa rectoral; dicha operación se saldó con 1.943
pesetas de beneficio. Cuando la capilla de San Miguel fue derruida para la
construcción de la casa consistorial, la talla del santo fue trasladada a la
capilla del Otero y restaurada casi un siglo después, en 1982, por el párroco
Gerardo Prieto y Díez de Dios, en cuya rectoral, como nota curiosa, podía ser
admirada la piel de un oso de casi tres metros de ancho, cuya captura se
atribuyó a la cuadrilla de Manuel Moritan. En fin, las
obras de la nueva iglesia fueron finiquitadas en 1899, de tal modo que el 13 de
mayo quedó inaugurado el nuevo templo al estilo neogótico a
orillas del río San Julián, mucho antes de que éste fuera soterrado y cuando no había construcción
alguna cerca del recinto religioso, el cual pasaría
a ser sede parroquial de la villa en detrimento de la del Otero. Se dice que la
ceremonia y actos asimilados duraron alrededor de seis horas (desde las siete
de la mañana hasta la una de la tarde), con la presencia del propio obispo y la
predicación de Maximiliano Arboleya, que a la postre era sobrino del mismísimo
obispo antes citado. Además, parece ser que se introdujeron en el altar las
reliquias de los santos Vicente, Feliciano, Aurelia y Tecla. En 1921 y durante una
tormenta cayó un rayo en el campanario del edificio con el consiguiente daño,
por el cual motivo se procedió a su arreglo, aprovechando lo cual se realizaron
algunas otras modificaciones (fue entonces cuando, aprovechando la ocasión, se
colocó una cruz, donada por
la empresa Coto Musel, y un pararrayos en su cumbre). La casa rectoral adosada a la iglesia, en cambio, habría de aguardar
hasta 1928 para su inauguración; de
todas formas, en junio de 1968 comenzó su demolición para construir una nueva
residencia para el párroco, la cual fue terminada en septiembre de 1970. Los últimos remates de la nueva iglesia se llevaron a
cabo en 1919, cuyos gastos fueron sufragados mediante una suscripción
voluntaria entre los feligreses.
Con esta nueva planta, el edificio del Otero pasó a un segundo término,
aunque Nuestra Señora del Otero continuó siendo la patrona de la villa, por el
cual motivo el día de su celebración los feligreses sacan la imagen de la ahora
capilla y la trasladan en procesión hasta la nueva iglesia, relegando a la
Virgen de la Asunción a un segundo término, cuando no, eclipsada por completo
en una especie de revancha o venganza, si eso es posible. Durante la contienda
civil que barrió el país en los últimos años de la década de 1930, la iglesia,
al igual que otras muchas en todo el territorio nacional, vería cerradas sus
puertas para el culto religioso. En su lugar, el edificio sirvió primero como cárcel,
después como almacén de materiales de construcción y por último como cuartel de
milicianos. Tras la
guerra y en vista de su lamentable estado, los oficios religiosos se celebraron
en el quiosco de la plaza del ayuntamiento mientras se iban realizando los
trabajos de recuperación. En 1999, como conmemoración de los cien años de
existencia, la iglesia recibió la excelsa visita de otra imagen mariana, en
esta ocasión de mayor renombre y relumbre; es decir, la patrona de Asturias,
que es lo mismo que decir la Virgen de Covadonga. A lo largo de su corta vida,
la iglesia ha tenido que ser reparada en algunas ocasiones; ahora bien, la
reforma más significativa en el interior tal vez sea la última, aunque más que
reforma se debería de hablar de puesta a punto, alargándose las obras durante
unos dos meses, tiempo durante el cual las misas fueron impartidas en la
capilla del colegio María Inmaculada, mientras que los demás actos requirieron
la presencia en la capilla del Otero. El domingo 12 de agosto de 2012 el
arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz Montes, acudió a la reinauguración en un acto
misal, acompañado por el arcipreste de la Comarca del Nalón, así como por algunos
párrocos naturales de la villa y otros que lo fueron de esta parroquia. Por
supuesto, en la misa no faltó el entonces párroco de Pola de Laviana Víctor
Cedrón. Aparte del edificio en sí, cabe destacar que al
frente de él todavía subsisten los cuatro cedros que fueron plantados casi al
mismo tiempo que nacía la propia iglesia y que en alguna ocasión sirvieron,
entre otros menesteres, para colocar algunos adornos navideños, austeros pero
resultones.
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